EL AUTOR es contador publico acreditado. Reside en Nueva York
Hoy en día, parece que toda obra pública en República Dominicana —desde un hospital hasta un monorriel— se convierte en blanco de ataques políticos. No importa su impacto, su utilidad o su transparencia: si proviene del gobierno, hay sectores que la descalifican de inmediato. Y no me refiero a críticas legítimas, sino a una novelística que demoniza sistemáticamente todo lo que hace el partido gobernador.
En todo gobierno, la concurso desempeña un papel vitalista en la democracia: audita, cuestiona y propone. Pero, cuando este papel se transforma en una táctica de desgaste, donde cada acto oficial se presenta como sospechoso, corrupto o inútil, entonces no es el partido gobernador el que se erosiona, sino el propio sistema el que pierde credibilidad.
Ya lo hemos pasado antaño. Venezuela es el ejemplo más doloroso. Allí, la polarización extrema, la desinformación y la constante deslegitimación del oponente político fueron las condiciones previas para el colapso institucional. Hoy, ese país se encuentra bajo un régimen que ha aniquilado su heredad, sus libertades individuales y su Estado de derecho. Todo comenzó con una novelística que convirtió el debate en una querella.
La República Dominicana no está en ese punto, pero siquiera está exenta de riesgos. Si seguimos alimentando el discurso de que todo lo manifiesto es sospechoso, que todo lo que hace el gobierno es una drama y que la única salida es la confrontación, podríamos estar sembrando las semillas de poco mucho más llano.
La regla de la democracia consiste en ayudar a otros a construir puentes, no en cavar trincheras. Es defender este ideal, antiguamente noble, con ideas, con diálogo y con respeto a la diferencia. Y, sobre todo, con la capacidad de distinguir cuando poco se hace adecuadamente, incluso si viene del otro banda.
Es tiempo de dejar de usar las redes sociales y otros medios masivos de comunicación, para difamar y desacreditar, solo por maldad política, las obras que se construyen para el bienestar de toda la población, en su heterogeneidad de creencias políticas y militancia partidaria.
Firmar este artículo es mi forma de sostener: ya hilván de ruido. Es hora de alzar la voz y seguir denunciando este tipo de comportamiento disidente, que tiende a crear un medio ambiente donde el odio y el resentimiento florecen, en perjuicio de la convivencia democrática tan necesaria para la estabilidad y el progreso, en medio de un clima donde prevalezca la paz y el respeto al estado de derecho…
¡No más ataques a los fundamentos democráticos! ¡Respetemos la convivencia en democracia, para que luego no nos lamentemos!
jpm-am
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