
Érase una vez en la no muy limpia y oscura años media un bello y apuesto príncipe que este sí era zarco de verdad porque adicionalmente der ser hijo de una reina y un rey de un país de mucho poder y prestigio sufría de una cierta cianosis que por descuido de oxígeno en la matanza que le confería una muy visible tonalidad azulosa a toda su tez. Así pues, era de matanza zarco y piel zarco, aberración único y por lo tanto se consideraba dotado de doble jet set. El caso es que el P.D.A. (Príncipe Doble Cerúleo para abreviar) estaba en años tetosterónica de reproducirse y sus padres le impelían a inquirir connubio para estabilizar la continuidad del reino y de la buen vidorra que se daban malgastando a troche y moche el efectivo recaudado.
Buscando, buscando entre la jet set del reino descartaron algunas opciones como la duquesa del Chirimiri o la marquesa del Tiovivo porque adicionalmente de no ser muy agraciadas físicamente, la primera tenía una hocico de no de Pinocho sino de Pinueve tan larga y afilada que era capaz de pinchar las aceitunas del aperitivo desafiando a los palillos de los bares, y la segunda competía en marcas de viruelas faciales con los cráteres lunares por poseer padecido y sobrevivido esa terrible enfermedad, adicionalmente y lo más importante, ninguna de ellas era adinerada, comían de ración y vestían mal, solo tenían media docena de criados y muy pocos súbditos a quienes agobiarles con los puestos, y por ende no podían aportar las grandes riquezas en doblones oro, plata y diamantes como dote necesaria para engrosar las arcas reales de los padres del P.D.A. que ya iban menguando por los grandes gastos y caprichos de la corte, y asimismo necesarios para la celebración de la gran boda auténtico pues debería ser tan fastuosa y de gran solemnidad que pasaría a los crónica de la historia.
Siguiendo la búsqueda, en aquel entonces no se había inventado el casting o es scouting de ahora, localizaron en reino vecino la princesita ideal llamamiento Clodovigilda, de dieciocho primaveras recién cumplidos, lindísima, piel blanca marmórea, luceros verde esmeralda, mechones de un rubio refulgente como soles de oro entrelazados, tenía buen educación pues sabía acertar, escribir, cantar y siempre exhibía buenos modales, así mismo era muy pulcra y aseada ya que se bañaba una vez cada seis meses, lo cual para esa época era de una extrema, inusitada y hasta sospechosa higiene corporal por frecuente. Por otra parte su reino, aunque pequeño, era muy rico gracias a las minas de tocino, carbón y platino que les proporcionaba grandes capital económicos.
El rey la reina, los padres del P.D.A. escribieron una muy perfectamente redactada carta de pedida de mano formal a los progenitores de Clodovigilda, Clodo para los íntimos, y a los pocos días recibieron el Sí aprobatorio como contestación produciendo un gran alborozo en el todo reino por tan risueño acontecimiento. Al fin su amado hijo el Príncipe Doblemente Cerúleo el P.D.A (el Príncipe Doblemente Cerúleo, para que no se nos olvide) se desposaría con alguno de mismo nivel de jet set y a la semana partió a conocerla con un rico séquito de pajes, mayordomos, criados, músicos, y nobles de segunda camino para impresionar a los reyes vecinos y de paso cortejar y obtener el Sí definitivo de su ya adorada prometida.
Posteriormente de mil y una ceremonias de agasajo, parabienes, deseos de amistad eterna e innumerables regalos de bienvenida por fin el P.D.A y la Clodo pudieron encontrarse a solas debajo de un corredor de palacio como estos cuentos mandan, mientras a lo remotamente un trovador entonaba con clara voz una dulce canción medieval. Allí el P.D.A. con un hermosísimo traje tejido con hilos de oro y rematado por un sombrero de plumas de ave del paraíso, declarando su simpatía a Clodo le pidió un apretón y un beso en los labios a lo que ella accedió como muestra de correspondida pasión.
Pero al abrazarse y besarse ocurrió lo impensable: se produjo una válido acceso conveniente a los hedores y gases acumulados en el cuerpo del P.D.A, que no se había bañado y cepillado los dientes dese los diez primaveras cuando sufrió una gastroenteritis intestinal que embarró su cuerpo de hacia lo alto debajo, chocaron con los gases de Cleo que no obstante ser de mucha pequeño intensidad actuaron de detonante. El resultado de la acceso fue que el P.D.A. se convirtió en un sapo, un sapo de piel azulada en gran medida venenosa como la del llamado Sapo de Caña, tan tóxico que ningún depredador se atreve a comérselo. Ella, la Clodo, se convirtió a su vez en la Rana Dorada del Pacífico Colombiano, con el tóxico mucho más mortal que el P.D.A.
Los dos al encontrarse en su nueva forma de batracios huyeron rápido a un estanque retirado donde vivieron durante siglos felices comiendo no perdices sino moscas y otros insectos que les gustaron mucho y tuvieron numerosos y simpáticos renacuajos. En los dos reinos siguen buscándolos afanosamente pero sin éxito, piensan que huyeron nadando a Australia que todavía no estaba descubierta o que siguen de receso en la preciosa Samaná dominicana. Ya existen los jabones, desodorantes y dentífricos pero el P.D.A. y la Clodo prefieren sostener su status saporanístico más sencillo, higiénico y saldo. Si creen que hacer un historia medieval de príncipes y princesas con final atinado en un lunes por la mañana es viable ¡Inténtenlo!






