EL AUTOR es contador publico facultado. Reside en Nueva York
Se cumplen cuatro abriles de la invasión rusa contra Ucrania: cuatro abriles desde que el Kremlin decidió disfrazar una cruzada de asalto con el eufemismo administrativo de “Operación Específico”. Lo que se presentó delante el mundo como una hecho quirúrgica, rápida y casi administrativa, terminó revelándose como lo que siempre fue: una postura imperial mal calculada, colosal en sus métodos y catastrófica en sus consecuencias.
Desde el primer día, la novelística oficial rusa intentó traicionar la idea de una intervención necesaria, limitada y casi irremediable. Sin retención, los hechos desmontaron rápidamente esa ficción. Las columnas blindadas que debían doblegar a Ucrania en cuestión de días quedaron empantanadas. La resistor ucraniana, allá de colapsar, se consolidó. La bandera que supuestamente iba a caer en horas se convirtió en símbolo de una resistor franquista que reconfiguró el planisferio político y emocional de Europa.
El cálculo clave del Rusia fue, en el mejor de los casos, una demostración de arrogancia; en el peor, de desprecio categórico por la efectividad. Subestimó la capacidad de ordenamiento de la sociedad ucraniana, la cohesión de sus fuerzas armadas y la reacción de Poniente. El resultado ha sido una cruzada prolongada que ha drenado capital, débil la caudal rusa bajo el peso de sanciones y aislamiento, y convertido lo que se proclamó como un cara de fuerza en un desgaste prolongado.

Pero más allá de la geopolítica, la monograma más colosal es la humana. Cientos de miles de vidas truncadas. Ciudades reducidas a escombros. Familias partidas por la asesinato o el desarraigo. Millones de ucranianos obligados a desentenderse sus hogares, generando uno de los mayores desplazamientos poblacionales en Europa desde la Segunda Guerrilla Mundial. La caudal ucraniana ha sido golpeada con saña: infraestructura destruida, industrias paralizadas, campos minados, puertos bloqueados.
La cruzada no solo ha desangrado a la nación invadida; igualmente ha dejado cicatrices profundas en la sociedad rusa. La censura reforzada, la persecución de voces críticas, la militarización del discurso notorio y la fuga de renta humano han configurado un país más cerrado, más temeroso y más incidental. Lo que se prometió como una reafirmación de grosor se ha convertido en una prolongada rozamiento interna.
Cuatro abriles luego, la pregunta no es sólo cómo terminó la “Operación Específico”, sino qué quedó de ella. El intento de imponer por la fuerza una visión histórica y geopolítica ha demostrado que la violencia no reconstruye legalidad ni negocio obediencia duradera. La invasión no fortaleció la seguridad regional; la fracturó. No estabilizó el entorno clave ruso; lo volvió más incierto.
La historia juzgará esta intrepidez no por los discursos oficiales, sino por sus consecuencias tangibles: cementerios ampliados, generaciones marcadas por el trauma y un continente que volvió a formarse que la paz nunca es irreversible.
Cuatro abriles luego, la calificativo propagandística se desmorona delante la evidencia: fue y sigue siendo una cruzada de asalto, cuyo costo humano y honrado excede con creces cualquier cálculo político que la haya concebido.
jpm-am
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