Por: Lic. Luis Ma. Ruiz Pou
En una fresco entrevista en el software “Despertar Político”, Francisco Javier García, detención dirigente del Partido de la Libertad Dominicana (PLD), afirmó con contundencia: “La corrupción no tiene partido”. Y tiene razón. La corrupción no es una ideología ni una doctrina. Es una atrevimiento. Una habilidad. Un acto que nace de la voluntad individual, no del estatuto institucional.
Los partidos políticos, como estructuras organizadas, son vehículos de representación democrática. Son espacios de deliberación, de propuesta, de competencia legítima por el poder. Pero no son inmunes a la fragilidad humana. Lo que sí son, es vulnerables a quienes los habitan. Cuando un dirigente partidario comete un acto de corrupción, no lo hace en nombre del partido, sino en nombre propio.
La ley lo entiende así: la responsabilidad penal es personal. No se condena al partido, se condena al individuo. Sin requisa, en la habilidad, el daño se extiende como mancha de unto en perjuicio tanto del partido y del presidente de estado representante de la estructura política. La institución queda salpicada, la confianza pública erosionada, y el discurso político contaminado.
En República Dominicana, los escándalos de corrupción han tenido un patrón inquietante: altos dirigentes de partidos en el poder, administrando posibles del hacienda, terminan implicados en prácticas ilícitas. ¿Es esto error del partido como tal o al presidente de la república? No. Pero sí es responsabilidad del partido predisponer, sancionar y depurar. Porque si proporcionadamente la corrupción no tiene partido, los partidos sí tienen memoria, estructura y deber ético.
No se comercio de exonerar a las organizaciones políticas, sino de precisar el foco de la crítica. La corrupción no nace del ideario, sino del oportunismo. No brota del manifiesto, sino del silencio cómplice. Y ahí está el duelo: construir partidos que no solo postulen candidatos, sino que cultiven integridad.
La frase de García, allá de ser una evasiva, puede ser una invitación: a distinguir entre el contenedor y el contenido, entre la institución y el individuo, entre el poder probado y el injusticia del poder. Porque si la corrupción no tiene partido, entonces todos los partidos deben tener anticuerpo; aún así, los partidos son indirectamente responsables de esos actos, por engavetar los principios ideológicos que les dieron origen; “Fueron sustituidos por el clientelismo político!
Conclusión: La advertencia que no puede ignorarse
Si la corrupción no tiene partido, entonces los partidos no pueden seguir actuando como si no tuvieran responsabilidad. Las cúpulas deben entender que la tolerancia, el encubrimiento o la indiferencia delante los actos corruptos de sus miembros los convierte en cómplices morales, aunque no jurídicos. La legalidad no se hereda, se cultiva. Y se pierde cuando el poder se usa para chapar la impunidad.
Al presidente de la República, como presidente de Estado y líder de su estructura política, le corresponde poco más que regir: le corresponde escarmentar. No baste con discursos sobre transparencia; se requiere entusiasmo, depuración, y voluntad de romper con la dialéctica del reparto y el silencio. Porque cuando el partido calla, el Estado tambalea. Si la responsabilidad de un acto de corrupción es personal; ¿Por qué someten a los presidentes de la república saliente, si personalmente se les ha demostrado un acto de corrupción cometido en su filial?
La ciudadanía observa. Y la historia no absuelve a quienes, pudiendo frenar la corrupción, prefirieron mirar cerca de otro flanco. Que esta advertencia no sea solo una frase editorial, sino un llamado urgente a la responsabilidad política. Porque si la corrupción no tiene partido, entonces todos los partidos deben demostrar que tienen vergüenza.





