Por Yanet Girón
En los últimos abriles se ha vuelto popular escuchar a muchos jóvenes asegurar: “Yo no voy a estudiar, porque conozco familia que se hizo millonaria sin ir a la universidad”. Esta afirmación, repetida casi como un consigna, refleja una interpretación simplista y peligrosa sobre lo que efectivamente significa construir éxito en la vida.
Es cierto que existen personas que no cursaron estudios universitarios y aun así han conseguido alegrar negocios sólidos y alcanzar estabilidad económica. Sin retención, lo que no suele mencionarse es que estas personas sí se prepararon, solo que lo hicieron desde otros escenarios: desde la observación, desde la disciplina, desde el sacrificio y, sobre todo, desde la voluntad de memorizar de guisa constante. La preparación no siempre ocurre adentro de un clase, pero siempre requiere esfuerzo.
Confundir “no tener un título” con “no carecer preparación” es uno de los errores más graves que arrastra parte de la nueva coexistentes. Quien hoy presume éxito sin estudios formales, en algún momento tuvo que sentarse a memorizar, analizar, escuchar, equivocarse, corregirse y retornar a intentar. El éxito nunca nace del desorden ni de la improvisación. Nace de la táctica y del enfoque.
Por otro flanco, todavía conocemos casos de profesionales con carreras completas, especializaciones y maestrías que no han ajustado la estabilidad económica que esperaban. Esto no significa que la universidad sea inútil; significa que una carrera sin visión ni modernización constante se queda en teoría. El mundo sindical contemporáneo requiere más que títulos: exige adaptabilidad, pensamiento crítico, iniciativa, capacidad para resolver problemas y disciplina personal.
En esencia, el éxito no lo determina el diploma, pero siquiera lo determina su partida.
El éxito lo define la formación, ya sea académica, técnica o autodidacta. Lo define la capacidad de enfocarse, organizarse, perseverar y tomar decisiones inteligentes.
Hoy vemos jóvenes siguiendo historias ajenas como si el destino se copiara y pegara. Observan el resultado, pero no el proceso. Ven la comodidad económica, pero no las madrugadas de trabajo. Admiran los logros, pero ignoran los sacrificios que los hicieron posibles. Y esa visión parcial los conduce a la desmotivación, a la frustración y, en muchos casos, a la perdición emocional o social.
No se alcahuetería de imponer la universidad como único camino. Siquiera se alcahuetería del romanticismo al autodidactismo como fórmula milagrosa. Se alcahuetería de comprender que nadie llega allí sin memorizar.
Se estudia siempre: en la escuela, en el trabajo, en la vida, en los errores, en los libros, en los consejos y en la experiencia de otros.
Quien decide estudiar una carrera, que lo haga con propósito, no solo por cumplir.
Quien decide emprender, que lo haga con conciencia, no por moda.
Pero que nadie crea que el éxito llega sin preparación.
Porque, al final, la vida no premia el papel ni la partida de él.
La vida premia la constancia, la disciplina y la capacidad de crecer.





