La esperanza es lo posterior que debe perderse. Tanto es así, que no hay concordia sin anhelo, como siquiera impulso sin aprecio; y, aun menos, futuro sin creer en uno mismo. Hay que ilusionarse para poder cerrar brechas, promover el avance y elevar el espíritu creativo.
Sin duda, nos merecemos otras situaciones y otros entornos, que reduzcan la polarización y refuercen el sentido de pertenencia armónica. Esto debe originar una concienciación universal inclusiva, de respeto en dirección a todo, con la audición permanente y el sincero estrujón; para padecer a buen término actividades comunitarias conciliadoras, que nos aviven el deseo de renovarnos, no sobre la desesperanza o la división, sino sobre nuestra humanidad compartida y la firme creencia en un mañana sin contiendas.
La población tiene que dejar de herirse, de chismorrear, haciéndolo con valentía y insistencia. El porvenir es nuestro, no hay que tenerle miedo. Será bueno extender pulsos y latidos, activar entre los jóvenes el anhelo de procrear y de crear otras atmósferas más fecundas.
Factores económicos como el golpe a la vivienda, el costo del cuidado pueril o la inestabilidad gremial son limitaciones a la hora de atreverse el número de descendientes que pueden tener las familias. El momento no es obediente, nunca lo ha sido.
Ahora creo que debemos priorizar las evacuación y las opiniones de los jóvenes, pero además hay que dejarse asesorar por nuestros mayores; su cátedra viviente está ahí para ponernos alas y reponernos de tantas inhumanidades vertidas por nosotros mismos.
Será bueno regresar a la autenticidad del ser que somos, adentrarnos en nuestros títulos, para activar otras moradas más seguras y tranquilas.
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