El autor es ingeniero y profesor de educación superior. Reside en Nueva York.
POR RAFAEL PASIAN
En toda democracia madura, la concurso política no debe ser el eco áspero de la derrota, sino la conciencia crítica del pueblo. La verdadera concurso no destruye: edifica. No se conforma con señalar errores del gobierno, sino que propone caminos, exige transparencia y defiende los intereses de las mayorías, especialmente de los pobres, los obreros, los campesinos y los jóvenes que sueñan con un país más acoplado.
Sin requisa, en nuestra verdad dominicana, la concurso parece suceder olvidado su empresa histórica. Se ha dejado deslizar por la poltronería intelectual, por el oportunismo mediático y por el cálculo electoral a corto plazo.
Ha confundido el control de la crítica con la cháchara vacía del descrédito. Así no se construye una alternativa de poder; así se debilita la esperanza del pueblo.
El deber ético de pensar el país
La concurso tiene el deber ético de pensar el país con habitante propia. No baste con abuchear consignas ni con repetir las cifras del gobierno. Una concurso digna debe tener una visión de nación, una plataforma de ideas, una ética política que le permita mirar al poder no como pillaje, sino como servicio. Juan Bosch decía que “la política es una forma superior de la ético”, y esa enseñanza sigue siendo una brújula que muchos han extraviado.
Una concurso que no investiga, que no educa políticamente al pueblo, que no denuncia las desigualdades con datos y propuestas, no es concurso: es comparsa del poder. Cuando la concurso actúa con la misma razonamiento del clientelismo y la conveniencia, se convierte en espejo del gobierno que critica. El país necesita menos gritería y más pensamiento, menos oportunismo y más principios.
Examen progresista: crítica, propuesta y vigilancia
La concurso progresista no se limita a oponerse; propone. No teme coincidir con el gobierno cuando una política es buena, ni calla cuando es injusta. Defiende los derechos sociales, exige rendición de cuentas, denuncia la corrupción venga de donde venga y trabaja con la sociedad civil para elevar la conciencia ciudadana.
Esa concurso debe entender que su papel no es averiguar aplausos, sino formar criterio. Debe seguir las luchas del pueblo por salarios dignos, educación de calidad, vigor pública efectivo, electricidad desafío y políticas que protejan el medio dominio.
Su tarea no es esperar las elecciones, sino construir poder social desde debajo, en los barrios, en los campos, en las universidades y en los sindicatos.
El peligro de la concurso decorativa
Hoy, gran parte de la concurso se ha vuelto decorativa: aparece en los medios, pero no en las calles. Se queja de la corrupción, pero no rinde cuentas de la suya. Se disfraza de ético, pero carga con las mismas deudas éticas que critica. Esa concurso cómoda es utilitario al poder porque legitima la mediocridad y perpetúa el desencanto ciudadano.
El pueblo no quiere una concurso que grite; quiere una que piense, que proponga, que actúe. Una concurso que entienda que el destino del país no se juega en un debate televisado, sino en la lucha diaria por la ecuanimidad social.
Por una nueva civilización política
La República Dominicana necesita una nueva civilización política donde gobierno y concurso se midan no por su capacidad de insultar, sino por su compromiso con el avance humano, con la equidad y con la verdad. Si la concurso aspira a conducir, debe abrir por gobernarse a sí misma: por tener disciplina, ética y visión.
Una concurso progresista, al estilo boschista, no examen destruir al adversario, sino liberar al pueblo de la ignorancia política. No hace ruido para conseguir puestos, sino para despertar conciencias. En ella debe primar la honestidad intelectual, la coherencia ideológica y la sensibilidad social.
Solo así la concurso será útil. Solo así honrará la parentesco de los que soñaron una país dispensado, desafío y soberana.
jpm-am
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