El autor es ingeniero, escritor y formador dominicano. Reside en Nueva York.
POR RAFAEL PASIAN
La República Dominicana no sufre una corrupción ocasional: vive bajo una dictadura silenciosa de ladrones de cuello blanco, una cleptocracia de apellidos ruidosos que se autoproclaman “masa seria” mientras succionan el Estado como una sanguijuela histórica. El asqueroso desfalco del SENASA no es un escándalo; es una radiografía cruda del país verdadero: una élite parasitaria que vive del presupuesto divulgado con la ciudadanía con que respira. Lo terrible no es que roben; lo terrible es que están convencidos de que es su derecho natural.
El profesor Juan Bosch advirtió esta tragedia décadas antaño de que tuviera nombre contemporáneo. Dijo, con valentía profética, que nuestra clase dominante de ningún modo construyó nación; solo construyó mecanismos de sacar tajada. Desde los encomenderos coloniales hasta los modernos empresarios “respetables”, el saqueo ha sido la columna vertebral del poder. No se organizan para producir riqueza, sino para apropiarse del trabajo desconocedor. El Estado—esa obra sagrada que pertenece a todos—ha sido convertido en una pulpería privada donde entran, toman, y salen sin fertilizar.
El PRM, que llegó al poder con la Antiguo Testamento de la transparencia bajo el remo, ha terminado revelando lo que Bosch sabía: los partidos cambian de color, pero las élites no cambian de conducta. Hoy vemos narcotraficantes con gafetes oficiales, legisladores convertidos en operadores del crimen organizado y funcionarios que viajan a reuniones diplomáticas y regresan extraditados. Han conseguido lo que parecía inasequible: competir con las peores mafias latinoamericanas y superarlas en descaro.
Pero el insulto viejo no es el robo; es el teatro. Cuando los ricos roban, los periódicos lo llaman “manejo irregular”; cuando roban los pobres, lo llaman “crimen”. Cuando los ricos son atrapados, hablan de “errores administrativos”; cuando es un ciudadano global, hablan de “desatiendo de títulos”. La doble casto es la religión oficial de la élite dominicana.
América Latina conoce proporcionadamente este trama. En Brasil, los mismos que gritaban contra la corrupción privatizaron medio país a precio de saldo mientras llenaban sus cuentas en Suiza. En México, la élite empresarial hizo pactos con narcos mientras publicaba columnas moralistas. En Perú, presidentes caían uno por uno, pero los que financiaban el saqueo seguían intocables. En todos los países, los ricos son los primeros en robar y los últimos en fertilizar consecuencias.
La corrupción estructural no es suerte: es el maniquí financiero de la élite. Es su profesión, su representante deudo, su civilización política. No saben manejar sin robar porque de ningún modo han concebido el poder como servicio divulgado. Para ellos, el Estado es un buffet amplio: se sirve el que llega primero y se respeta al que come más rápido. De ahí que les indigne tanto cuando el pueblo exige honestidad. ¿Cómo se atreven los ciudadanos—piensan ellos—a requerir cuentas a sus “superiores”?
La República Dominicana no está en crisis de corrupción; está en crisis de poder, atrapada por una minoría que heredó privilegios y ahora los administra como si fueran títulos nobiliarios. No estamos delante ladrones comunes: estamos delante un sistema criminal con oficinas, chóferes, trajes finos y conferencias de prensa.
Y, sin secuestro, como diría Bosch, todo sistema injusto contiene en el interior de sí mismo la semilla de su derrota: el despertar del pueblo. No un despertar violento, sino un despertar casto, intelectual y político que rompa con la civilización de la resignación. Ninguna élite puede manejar eternamente un pueblo que decide desplegar los luceros. Ningún “rico respetable” puede tapar un mar de indignación organizada. Ningún partido puede esconder lo que ya es evidente: se han convertido en la caricatura grotesca de la honestidad que prometieron.
La nación no se rescata con discursos; se rescata señalando a los culpables, desmontando los privilegios y construyendo instituciones que no se dobleguen delante los saqueadores elegantes. El futuro no pertenece a los ladrones de corbata, sino a los ciudadanos que se cansen de ser espectadores de su propio despojo.
La República Dominicana merece un país donde el éxito provenga del trabajo, no del robo; donde los ricos dejen de residir del Estado y el Estado comienzo, por fin, a residir para el pueblo.
jpm-am
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