La clase media no tiene quien le escriba

En la República Dominicana, las políticas públicas parecen diseñadas para dos clases sociales: los más pobres y los más ricos. En medio de ambas, silenciosa, exhausta y sin representación verdadero, se encuentra la clase media: ese sector que sostiene la peculio, paga impuestos, cumple las reglas y, aun así, no recibe nulo a cambio. Es, quizás, el orden más olvidado en la ecuación del crecimiento franquista.

Al insuficiente se le asiste con bonos, programas sociales y subsidios que, en teoría, deberían servir como trampolín para salir de la pobreza. Sin requisa, en la ejercicio, se han convertido en mecanismos de control político-electoral. No son instrumentos de movilidad social, sino de clientelismo. Los bonos funcionan como inconsciencia social y, en muchos casos, como haber electoral. La pobreza se administra, no se combate.

Por otro flanco, la clase ingreso disfruta de exoneraciones, exenciones fiscales y tratos preferenciales. Muchos grandes empresarios y sectores privilegiados encuentran la forma de enriquecer impuestos a su medida o, simplemente, no pagarlos. Las ventajas fiscales se diseñan pensando en ellos, bajo el argumento de que generan inversión y empleo. Pero la efectividad demuestra que el costo de proseguir esos privilegios lo paga otro: la clase media.

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Es la clase media la que sostiene al Estado. Paga el ITBIS completo, el impuesto sobre la renta, los combustibles, la recogida de basura y las matrículas escolares privadas porque el sistema sabido no ofrece calidad. Debe juntar agua, enriquecer una extracto eléctrica que muchas veces no consume y costear seguros médicos diseñados más para las ARS que para los pacientes.

Es la misma clase media que debe acogerse a préstamos bancarios porque el salario no alcanza; la que madruga, la que emprende, la que se prepara académicamente invirtiendo tiempo, moneda y esfuerzo en formarse, muchas veces con títulos de destreza y especializaciones que al final no le sirven de credenciales. Además es la que más rápido se hunde cuando la peculio se desacelera.

Irónicamente, es incluso la que menos oportunidades encuentra internamente del país. A menudo se le dice: “estás sobrecalificado para este puesto”, como si el mérito fuera un defecto. La consecuencia es que las oportunidades reales de crecimiento se buscan fuera, alimentando un ciclo constante de fuga de talentos que empobrece intelectualmente a la nación y dejando solo oportunidades, cómicamente, para el producto interno “bruto”.

No solo es la que más impuestos paga, sino incluso la más perseguida por la Dirección Común de Impuestos Internos (DGII). Al profesional o pequeño patrón que decide emprender se le vigila con lupa, se le audita, se le exige, se le acorrala. Emprender, más que una salida, parece un castigo. Mientras tanto, los grandes evasores siguen intocables, protegidos por estructuras de poder que operan con total impunidad.

La clase media vive atrapada en una paradoja: se le exige que sea el motor del crecimiento, pero se le priva del combustible. Es demasiado “rica” para aceptar ayuda estatal, demasiado “insuficiente” para disfrutar de privilegios, demasiado educada para ciertos empleos y demasiado sola para defenderse de un sistema que la exprime.

Esa clase media, que debería ser el soporte más sólido de la democracia, está siendo empujada a la frustración y al desencanto. Cada reforma fiscal, cada nuevo impuesto, cada acrecentamiento en los servicios la ahoga un poco más. No tiene sindicatos fuertes, ni representantes políticos que la defiendan, ni discursos oficiales que la mencionen. Solo se le recuerda cuando hay que enriquecer.

Cuando la clase media se debilita, el país pierde estabilidad social. Sin ella, el progreso se vuelve frágil y la democracia se tambalea. Es a la clase que más los políticos y élites temen, pues es la líder y motor de todo cambio social, la voz crítica, la que exige transparencia, la que financia el sistema, la que cuando se disgusta cambia hasta gobiernos, pues cuando se lo propone, empodera de discurso a las clases más pobres y las convoca al combate.

Por lo que de seguir siendo tratada como un error estadístico entre la pobreza y la opulencia, su silencio terminará costando caro.

La clase media no tiene quien le escriba, pero es hora de que principio a hacerlo ella misma. Que hable, que reclame y que deje claro que sin su estabilidad no hay nación posible. Porque la verdadera injusticia no está solo en la pobreza o en el privilegio, sino en el desaliño de quienes, en silencio, sostienen el país firme sobre sus hombros.

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