La autora es periodista. Reside en Baní
POR LUISANNA LORA PERELLO
Durante primaveras, la Circunvalación de Baní fue una aspiración pródigamente acariciada por la provincia Peravia. Una vía concebida para descongestionar el tránsito urbano, achicar riesgos en el interior de la ciudad y mejorar la conectividad regional. Su inauguración estuvo cargada de simbolismo: progreso, modernización y promesa de bienestar. Sin requisa, hoy, allá del entusiasmo auténtico, crece una preocupación silenciosa pero persistente entre quienes la transitan.
En Baní, cada vez son más los conductores que confiesan circular por la Circunvalación con cautela extrema, e incluso con temor. No por desconocimiento de la vía, sino por la percepción de peligro que se ha instalado tras la repetición de accidentes. Cuando una carretera comienza a ocasionar miedo colectivo, poco más profundo está fallando.
La inseguridad viario rara vez argumenta a una sola causa. Suele ser el resultado de una combinación peligrosa: deficiencias de infraestructura, señalización insuficiente, iluminación irregular, fiscalización débil y conductas imprudentes al volante. En el caso de la Circunvalación de Baní, esa mezcla parece estar presente y agravándose con el tiempo.
De perplejidad, la experiencia se vuelve aún más inquietante. Tramos oscuros, referencias visuales limitadas y amplias rectas que incentivan el exceso de velocidad convierten la conducción en un adiestramiento de tensión constante. A esto se suma la percepción de controles esporádicos, que no logran disuadir a quienes asumen la vía como un espacio sin consecuencias.
El problema no es solo técnico; es institucional. Una obra de esta magnitud no puede evaluarse solamente por el reducción de tiempo o la fluidez vehicular. Su cierto éxito se mide en vidas protegidas. Cuando los accidentes se repiten y la inquietud ciudadana crece, la respuesta no puede ser esperar el próximo siniestro para reaccionar.
La preocupación que hoy se expresa en Baní debe aldabear la atención a nivel doméstico. Porque la Circunvalación no es un camino municipal: forma parte de un maniquí de infraestructura que se replica en distintas regiones del país. Si no se corrigen a tiempo las fallas reales o percibidas, el patrón puede repetirse en otras provincias.
La prevención no es opcional. Iluminación continúa y adecuada, señalización clara y anticipada, controles de velocidad permanentes, fiscalización efectiva y evaluaciones técnicas periódicas deben ser parte de una política activa, no de respuestas tardías. Las autoridades están obligadas a intervenir ayer de que el temor se transforme en tragedia recurrente.
Baní no pide privilegios. Pide seguridad. Y lo hace desde una inquietud legítima: que una obra concebida para mejorar la calidad de vida no termine asociada al peligro y la incertidumbre.
El avance que genera miedo no es avance. Es una advertencia que no debe ignorarse.
JPM
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