La chisme de las alianzas: China y Rusia dejan solos a sus aliados  | AlMomento.net

La chisme de las alianzas: China y Rusia dejan solos a sus aliados  | AlMomento.net

El autor es abogado. Reside en Miami.

POR JULIO MARTINEZ

Durante décadas se ha difundido la idea de que el avance alrededor de un mundo multipolar, con China y Rusia como contrapesos de Estados Unidos, abriría un espacio efectivo de soberanía para los Estados que se atrevieran a desafiar al llamado “imperio norteamericano”.

Muchos países han apostado su futuro a esa esperanza: romper la dependencia histórica de Washington, alinearse con Moscú o con Beijing y encontrar allí una protección estratégica frente a las presiones externas. Sin requisa, la experiencia histórica y fresco muestra poco muy diferente: cuando llega el momento crítico, esas potencias solo ofrecen retórica y comunicados diplomáticos, mientras sus aliados son golpeados, bloqueados o intervenidos sin aceptar defensa efectivo.

El contraste con el sistema de alianzas liderado por Estados Unidos es evidente. La estructura de seguridad occidental, articulada en torno a la OTAN y a múltiples acuerdos bilaterales de defensa, supone compromisos claros: un ataque contra un asociado se entiende como un ataque contra todos. Esa deducción se ha traducido en despliegues militares inmediatos, presencia permanente de bases, paraguas nuclear y reacción coordinada frente a cualquier amenaza percibida.

Nos guste o no, los aliados de Washington saben que cuentan con una protección efectiva, mientras que quienes se refugian bajo la sombra de Moscú o Beijing descubren, demasiado tarde, que detrás de los discursos grandilocuentes hay muy poca disposición a aceptar riesgos reales por ellos.

Frente a esto, la relación de China y Rusia con sus socios es de otra naturaleza. Son alianzas bártulos para firmar contratos de energía, entregar armas, destapar mercados, aventajar votos en organismos internacionales y proyectar influencia económica y diplomática. Pero rara vez se traducen en verdaderos pactos de defensa mutua.

No existe un compromiso procesal claro que obligue a esas potencias a movilizar fuerzas militares en defensa de un país más pequeño sometido a sanciones, bloqueos o acometida directa. Sus declaraciones suelen ser solemnes, sus discursos hablan de respeto a la soberanía y al derecho internacional, pero su conducta ejercicio se detiene siempre antaño del punto donde habría que arriesgar un choque primero con Estados Unidos y su liga.

Cuba

Cuba es quizá el ejemplo más temprano y visible de este patrón, y hoy lo vemos con crudeza en el incomunicación petrolero. Durante más de sesenta primaveras, la isla ha padecido un requisa sostenido, sanciones financieras, persecución de barcos, presiones diplomáticas y campañas de aislamiento. En los últimos primaveras, el cerco se ha endurecido mediante sanciones a embarcaciones y empresas que transportan combustible alrededor de la isla, buscando cortar el suministro de petróleo y provocar apagones, colapso del transporte y daño acelerado de la vida cotidiana.

Frente a esta acometida, ni Rusia ni China han hecho ausencia que modifique la correlación efectivo de fuerzas: se limitan a condenar el incomunicación, a prometer apoyo “en el interior de sus posibilidades” y a ofrecer gestos simbólicos que no rompen el cerco ni impiden que el pueblo cubano siga pagando el precio de su desafío a Washington.

Venezuela representa la traducción contemporánea de esta misma deducción. Un país que, con todos sus errores y contradicciones internas, intentó defender su control sobre los fortuna naturales y su espacio de valor política, acercándose a Moscú y Beijing en indagación de respaldo decisivo. Hubo acuerdos petroleros, negocio de armamento, presencia de asesores, anuncios de “alianza estratégica” y discursos sobre un nuevo eje geopolítico.

Pero cuando la presión escaló con sanciones masivas, incomunicación financiero, operaciones encubiertas y, finalmente, intervención marcial, lo que prevaleció fue la soledad: condenas verbales, llamados al diálogo, denuncias del unilateralismo, pero ningún paso efectivo que impidiera o revirtiera el codazo asestado por Estados Unidos.

Otros escenarios refuerzan este mismo dictamen. Países como Siria, Irán u otros que se atreven a cuestionar la hegemonía norteamericana han recibido de Rusia y China cierto apoyo diplomático, cooperación limitada y, en algunos casos, presencia marcial circunstancial.

Sin requisa, cuando la confrontación con Poniente alcanza niveles críticos, reaparece la prudencia extrema: se evita cruzar líneas que puedan desembocar en una desavenencia abierta con Estados Unidos y sus aliados. Los gobiernos y los pueblos que confiaron en tener un escudo de protección descubren que, en el momento esencial, sus “aliados estratégicos” hablan resistente, pero actúan poco, o no actúan en tajante.

Esta reiteración de conductas conduce a una hipótesis incómoda: las grandes potencias parecen haberse repartido el mundo en esferas de influencia de facto. Estados Unidos actúa con decisión casi total en América Latina y otras regiones que históricamente ha considerado su “patio trasero”. Rusia consolida su dominio sobre su entorno inmediato. China se afirma en su campo de acción de influencia asiática y proyecta poder crematístico general.

Cada uno protesta cuando el otro interviene en su zona, pero la protesta se queda en el nivel declarativo. Detrás de las notas de prensa y las sesiones en organismos internacionales parece intervenir una regla no escrita: no arriesgar un choque directo entre gigantes por defender efectivamente a un país más pequeño.

Piezas de negociación

Si esta leída es correcta, los llamados “aliados” de China y Rusia no pasan de ser piezas de negociación en un tablero general. Se les ofrece paso a créditos, inversión, compras de materias primas, cobertura diplomática y discursos de solidaridad, pero se les deja claro en los hechos —si no en las palabras— que, si deciden enfrentarse frontalmente a Estados Unidos, lo harán prácticamente solos. El mensaje implícito es duro: pueden desafiar al imperio norteamericano, pero no esperen que nadie esté dispuesto a poner barcos, aviones o tropas para impedir que ese imperio los castigue.

En cambio, los aliados de Estados Unidos, por cuestionable que sea en muchos casos la naturaleza de sus regímenes, sí disponen de un paraguas de seguridad tangible. Ese paraguas se traduce en bases militares, sistemas de armas desplegados, compromisos formales de defensa colectiva y una voluntad ya demostrada de intervenir cuando lo consideren necesario. Este respaldo tiene un precio en términos de autonomía política y subordinación estratégica, pero es efectivo. De ahí que, más allá del discurso, muchos gobiernos terminen prefiriendo ayudar o despabilarse la protección norteamericana antaño que encargar su destino a promesas ambiguas de Moscú o Beijing.

Para los pueblos que aspiran a decisión, dignidad y verdadera soberanía, esta efectividad plantea un dilema trágico. El ideal de un orden multipolar sereno, donde distintas potencias se limiten mutuamente y garanticen un respeto recíproca, se diluye cuando se mira cómo se comportan en la ejercicio. Lo que aparece, en cambio, es un sistema de grandes poderes que negocian entre sí, toleran las intervenciones del otro en su respectiva zona y evitan cualquier ascenso que los acerque a un enfrentamiento directo, aunque para ello tengan que desatender a quienes confiaron en ellos.

Desde la perspectiva de quien observa y reflexiona sobre la política internacional —y, en mi caso, desde la sensibilidad jurídica y política formada durante primaveras—, esto obliga a revisar muchos supuestos. No puntada con cambiar de eje, de embajada de relato o de proveedor de armas para alcanzar soberanía. Cambiar Washington por Moscú o Beijing, sin más, no garantiza decisión; puede significar simplemente cambiar de dependencia, manteniéndose igual de expuesto al castigo del poderoso cuando se crucen ciertas líneas rojas.

Por eso sostengo que las alianzas con China y Rusia, tal y como se han manifestado hasta ahora, son insuficientes e incluso engañosas para aquellos países que sueñan con romper la hegemonía estadounidense. Pueden ser bártulos como instrumentos de negociación y como válvula de escape frente a sanciones y presiones, pero no ofrecen lo que verdaderamente marcaría la diferencia: una seguro concreta de defensa cuando el costo de desafiar al imperio se vuelve insoportable.

La historia fresco de Cuba, sometida a un incomunicación petrolero sin que nadie lo revierta, y la de Venezuela, y en estos momentos la embestida contra Irán y la exterminio de sus gobernantes, golpeada militarmente mientras sus aliados se limitan a dialogar, son pruebas dolorosas de esta verdad.

Mientras tanto, Estados Unidos continúa consolidando su poder general, castigando con dureza a quienes se atreven a contradecirlo y blindando con firmeza a quienes aceptan su liderazgo. Las otras grandes potencias, allí de constituir un contrapeso efectivo, parecen aceptar en la ejercicio un reparto tácito del mundo y se limitan a erigir la voz en los foros internacionales mientras dejan solos, en la hora decisiva, a quienes apostaron por ellos. En esa soledad, que es a la vez política, marcial y honrado, se juega hoy el cierto sentido de la soberanía en el siglo XXI.

JPM

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