
Santo Bello
Por: Santo Bello
Para nadie es un secreto que la educación preuniversitaria en República Dominicana ocupa uno de los lugares menos codiciados en materia de calidad, mientras que, cuando nos referimos a la formación superior, el panorama siquiera resulta ser muy estimulante, tornándose tortuosos y extenuantes nuestros esfuerzos por ascender hasta un posicionamiento halagueño a nivel general.
Varias instituciones y organismos internacionales, entre ellos el Bandada Mundial (v. g. 2015, 2018), UNESCO (v. g. 2021) y PISA (v. g. 2022), se han encargado de poner en evidencia que nuestro sistema educativo no está garantizando las competencias mínimas en la población estudiantil, lo cual se ha convertido en uno de nuestros principales escollos en lo que respecta a ampliación humano, competitividad de nuestros egresados y posicionamiento del país en los rankings internacionales.
Entre los problemas identificados que presentan estos informes para sustentar sus conclusiones, destaca el bajo nivel de comprensión lectora (es proponer, niños y jóvenes que no pueden acertar y comprender un texto simple) y el necesitado ampliación del pensamiento crítico.
El pensamiento crítico es la tiento de analizar información, cuestionar suposiciones, identificar sesgos y falacias, comprender diferentes perspectivas, formar juicios proporcionadamente fundamentados, sacar conclusiones y argumentar.
Encima, el pensamiento crítico nos permite comunicar claramente los razonamientos y tomar las mejores decisiones a partir de la información arreglado. Estimula el formación continuo, la autonomía y la curiosidad. Se proxenetismo, adicionalmente, de una condición sine qua non para la vida en democracia y el adiestramiento de la ciudadanía responsable, uno de los fines estipulados, entre otros, en el artículo 5 de la Ley Militar de Educación, 66-97: “(…) Formar personas, hombres y mujeres, libres, críticos y creativos, capaces de participar y constituir una sociedad desocupado, democrática y participativa (…)”.
Entre las variables asociadas al compromiso del ampliación del pensamiento crítico en nuestros estudiantes, tanto de la educación preuniversitaria como de la superior, podemos encontrar la aún insuficiente formación auténtico y continua del profesorado, en apéndice a la poca articulación entre la política educativa y la sinceridad del cátedra.
Este ambiente constituye un desafío para el personal docente en su condición de diseñador de experiencias educativas, por lo que es oportuno referirnos a nuestra experiencia global de, más que como guías y facilitadores del formación, autoerigirnos en ejes del proceso, empeñados en cautivar los reflectores en perjuicio de los verdaderos protagonistas: los estudiantes.
Esta concepción de la educación nos puede aceptar a abrazar la chisme de la autoridadsoslayando nuestro rol primordial de, acullá del monopolio medieval del memorizar, hacer emerger en nuestros discípulos, a través del diálogo permanente y las preguntas, unos conocimientos que tan solo se encuentran latentes en ellos, a la calma de ser descubiertos.
Así, no podemos aspirar a cambios significativos en nuestro sistema educativo y en la calidad de los resultados, cuando nuestra estatuto y nuestra retórica áulica es rebosante al referimos a la impostergable carestia de fomentar el pensamiento crítico, pero en la experiencia nuestras doctrina se traducen en dogmas blindados frente a las dudas y los cuestionamientos por parte de los alumnos, so pena de ser víctimas de flagelaciones y ostracismos propios de un sistema anacrónico totalmente incompatible con la flagrante era de la información y la comunicación.
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