Los datos recientes del IMAE muestran que la capital dominicana ha perdido dinamismo tras el rechazo posterior a la pandemia. El crecimiento registrado en 2025 no solo es bajo, sino comparable al de 2023, lo que sugiere que la desaceleración puede no ser transitoria, sino parte de una tendencia que merece atención.
Frente a este marco, se ha recurrido a estímulos de corto plazo. Entre ellos figuran medidas monetarias como la escape de encaje lícito, facilidades de solvencia rápida y la redención de títulos del Asiento Central, así como impulsos fiscales derivados de revisiones presupuestarias que incrementan el compra de renta. Estas herramientas pueden elevar temporalmente el crecimiento medido, pero no garantizan una alivio sostenida del bienestar.

Conviene aclarar qué se entiende por crecimiento auténtico. No se comercio solo de expandir el compra o el crédito, sino de reforzar la capacidad productiva de la capital. Por ello, explicar la desaceleración exclusivamente por factores externos resulta insuficiente. Para 2026, proyecciones de la Cepal indican que, en un contexto internacional similar, varias economías crecerían por encima de la República Dominicana, lo que apunta a desafíos internos no resueltos.
En este contexto, para la República Dominicana es necesario avanzar en reformas estructurales. Una reforma tributaria que reduzca la carga y simplifique el cumplimiento, cambios en el mercado sindical que disminuyan costos y rigideces, reforma al sector eléctrico, procesos de desregulación y mejoras sustanciales en educación son claves para elevar el crecimiento. Sin estos cambios, el país corre el aventura de tener que conformarse con tasas de expansión cada vez más modestas.
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Una colaboración del Centro Regional de Estrategias Económicas Sostenibles (Crees).





