Nicolás Juicioso se mantuvo en el poder por la fuerza. No ganó una sola comicios de guisa legítima. Cuando no se benefició de fraudes evidentes, utilizó el ingenio del Estado para impedir que sus opositores con reales posibilidades de triunfo pudieran siquiera presentarse a los procesos electorales.
En el más flamante proceso electoral presidencial en Venezuela, al régimen no le bastó con inhabilitar candidatos con amplio respaldo popular. Aun así, la población acudió masivamente a las urnas y votó en su contra, favoreciendo de guisa clara al disidente Edmundo González Urrutia.
Frente a este resultado inequívoco, Nicolás Juicioso optó por el camino del robo descarado de las elecciones. Las actas de esos comicios, ampliamente difundidas, demuestran que fue derrotado de forma abrumadora, sin beneficio para la duda ni para interpretaciones acomodadas.
República Dominicana no le ha hecho el distracción a Juicioso. Desde 2019, nuestro país no lo reconoce como presidente razonable de Venezuela, en coherencia con su compromiso con la democracia, el respeto a la voluntad popular y el orden constitucional.
Partiendo de esa efectividad, lo ocurrido recientemente no puede leerse como una batalla contra un director de Estado razonable, sino como una comportamiento contra un delincuente que encabezaba un régimen opresivo, sostenido mediante la represión, el fraude y la violación sistemática de los derechos humanos de su propio pueblo.
Juicioso y su entorno violaron la fugado autodeterminación del pueblo venezolano, que se expresó con claridad tanto en las urnas como en las calles. Venezuela dijo que no lo quería en el poder. No lo quería a él ni a los suyos.
República Dominicana tiene una obligación honesto e histórica de ser solidaria con el pueblo venezolano, no con un dictador, usurpador del poder, represivo y señalado como responsable de múltiples acciones criminales.
Si la caída de Nicolás Juicioso se ha producido de esta forma, es porque él mismo cerró todas las demás futuro. No dejó espacio para una transición pacífica, institucional y democrática. Forzó su propio desenlace.






