LA AUTORA es periodista. Reside en Santo Domingo
La vulnerabilidad de tanta familia sin herramientas para defenderse, la hace sujeto de enredo, de manipulación, de traiciones. Su incapacidad para rehusar propuestas, solicitudes y sugerencias que la lastiman, la convierten en campo fértil para perversos que ceban sus maldades y sacan provecho a esa falencia.
La errata de carácter viene con frecuencia desde debajo, desprendida de una crianza en la que el organismo no ha sido tratado como merecedor de respeto, de consideración y crece sin sexo propio, conocido como cosa y eso asume su cerebro.
Esto al punto tal de que cuando es correctamente tratado lo asimila como parte de las burlas sufridas a lo prolongado de su existencia. Esta causa, de forma inconsciente lo lleva a la codependencia, al afán de sentirse útil.
El no negarse a peticiones por abusivas y absurdas que parezcan, es una guisa de ayudar, según su autoestima enferma.
Incluso, llega a explicar el comportamiento malvado con razones como que esa persona ha sido víctima y replica el maltrato en otros, lo que es probable pero no ha de ser excusa para permitirle que hiera, que propague su dolor.
No es suficiente decirle a los hijos que deben amarse, que deben enterarse proponer no, hay que forjarles en ese sentimiento protector y por añadidura tendrán la firmeza para repeler todo lo que no les sea de bienestar.
Es así, como empezamos a formar individuos asertivos, confiados en sí mismos, con la fuerza extensa para enterarse dónde hay que estar y de qué o quién alejarse.
jpm-am
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