Hace unos abriles, en el entorno de la conmemoración del nacimiento del Padre de la Pueblo, Juan Pablo Duarte y Díez (1813-1876), escuché la disertación “La personalidad de Juan Pablo Duarte” del historiador Fernando Pérez Memén.
Mientras escuchaba a mi dilecto amigo, reflexionaba sobre un artículo que recién me publicara la Sociedad de Ciencias acerca de un retrato poco conocido del Patricio y la importancia de no solo valorar sus virtudes moralessino además de respetar su fisonomía histórica.
El Duarte de los billetes: una iconografía cambiante
Durante abriles, mi única remisión iconográfica de Duarte fue la efigie en el billete de un peso oro.

Nos acostumbramos a esa imagen de “cellisca de mármol”: una amplia cabellera blanca con la guión a la derecha, abultada mata de pelo sobre las orejas y un pelusilla mostacho —denso y dilatado— que cubría casi uno y otro labios.
Siempre me resultó grotesco por la perspectiva, desigual entre su costado derecho y el izquierdo. Confieso que, hasta esta investigación, desconocía que aquel era el Duarte de la escultura de Abelardo Rodríguez Urdaneta.

En la lapso de los setentala tercera audición de billetes introdujo un Duarte desigual: de pelo engominado, peinado para cubrir la alopecia delantero, de figura flaca y angulosa. Me costó reconocerlo y más aún aceptarlo.
Era la obra de Radhamés Mejía. En su grasaDuarte aparecía con cabellera de oro, barba blanca y luceros azules; detalles que la impresión en blanco y desventurado del billete ocultaba, pero que intentaban rescatar al Duarte de la única fotografía existentetomada pocos abriles ayer de su homicidio.

Sin confiscación, el caos visual continuó. En tiradas posteriores, Duarte apareció rasurado o con la barba desdibujada por exceso de luz, luciendo un corbatín claro en espacio del confuso tradicional.
A 1977lo desplazaron del centro en dirección a la extrema derecha del billete; allí nos miraba desafiante, ya no con la examen soñadora de antiguamente, sino con un rostro retocado por Pedro García de Villena.

El punto crítico llegó en 1983 con la acuarela de Brian Woods. Se nos presentó un Duarte idealizadocon traje del siglo XX y un estilo “retro” más propio de una revista de moda que de un compendio de historia. Frente a tal metamorfosisno pude menos que preguntarme: ¿Dónde estaba el efectivo Duarte?
El origen de la incertidumbre

Esta “atletismo” irrespetuosa con su imagen tiene un punto de partida: febrero de 1883. Ese año llegó al puerto de Santo Domingo la barco holandesa Leonoratrayendo desde Venezuela un retrato al grasa mandado a pintar por el Comunidad.
Duarte había partido al deportación en 1844. Omitido un breve retorno en 1864, no volvió más. Luego, para finales del siglo XIX, solo quienes lo conocieron en su mocedad o quienes lo visitaron en Caracas sabían cómo lucía positivamente.
Fue además en 1883 cuando sus hermanas enviaron al historiador José Gabriel García copias de la única fotografía del prócer, tomada por Próspero Rey en 1873.
Cuando el cuadro traído de Venezuela se exhibió en el Comunidadel impacto no fue el esperado. Los antiguos amigos de Duarte se toparon con un hombre de 63 abriles: anciano, delgado y de aspecto enfermizo.
Los “puristas” de la época protestaron, argumentando que no debía mostrarse a un Duarte diezmado por los abriles, sino a un enredador joven idealizado como el de 1844.
La invención del rostro

Liderando estas protestas estaba el pintor Alejandro Bonilla. Inspirado —según sus propias palabras— en un príncipe europeo (Cristian IX de Dinamarca) a quien hallaba parecido con el Patricio, realizó un retrato que fue certificado como “fiel” por antiguos allegados.

Bonilla, quizás con buena fe, pero con limitadas destrezas técnicas, mezcló sus saludos con la imagen del monarca danés y la vestimenta del cuadro venezolano. Omitió detalles cruciales, como las patillas que Duarte usaba en su mocedad, y sus errores de proporción terminaron por desfigurar la imagen del héroe hasta nuestros días.

Otros pintores del siglo XIX trataron la imagen de Duarte Sisito Desanfles y Abelardo Rodríguez Urdanerareclamando Bonilla derechos de autor de la imagen y protagonizando un debate manifiesto, ganando Bonilla los derechos de su retrato.
Seguidamente, la jurisprudencia poética hizo lo suyo: en 1937uno de los cuadros de Bonilla fue retirado de un museo por considerarse “inartístico”, mientras que la obra de Abelardo Rodríguez Urdaneta —quien aparentemente se usó a sí mismo como maniquí para el rostro del Patricio— cobró protagonismo.
Una propuesta de institucionalización
La errata de rigor ha permitido que la fisonomía de Duarte oscile entre lo imaginario y lo inverosímil. Es tiempo de que el Estado dominicano institucionalice la imagen del Patricio tomando como único maniquí su fotografía de 1873.
Aunque valoremos las interpretaciones artísticas por su peso histórico y plástico, la imagen oficial en escuelas e instituciones no debe descansar en la suposición.
Si la problema es que la foto nos devuelve un rostro demacrado y una examen tristeaceptemos esa tristeza: es el certificación visual del sacrificio y las huellas que dejó la entrega absoluta por la decisión de la Pueblo.






