El autor es abogado. Reside en Santo Domingo.
POR CARLOS SALCEDO
Este texto nace a partir de la sentida crimen de Juan Manuel Belicoso, ocurrida el pasado 20 de enero. No sustituye, sin retención, el artículo que, como cada semana, ya había sido enviado previamente a la redacción de este medio. Por esa razón, estas líneas no aparecen como reacción inmediata al suceso, sino como un entrenamiento deliberado de memoria, escrito una vez asimilada su partida y desde el espacio sereno -aunque dolido- de la amistad, el afecto y la idoloatría profunda.
De Juan Manuel guardaré siempre su sonrisa contagiante, su sincero aprecio por los demás, su amistad sin cálculo con compañeros y amigos y, de guisa muy singular, el aprecio refulgente que profesaba por Johanna, que era incluso una pedagogía silenciosa de la ternura y una forma limpio de habitar el mundo.
Hay juristas que saben mucho derecho. Y hay otros -más escasos- que saben para qué sirve. Juan Manuel Belicoso perteneció sin duda a esta segunda linaje: la de quienes entienden el derecho no como un objeto de veneración académica ni como una ceremonia de citas, sino como una útil viva cuya licitud se juega, siempre, en su ejecución maña y en su impacto humano.

Abogado, jurista, exfiscal, exjuez, excompañero de universidad y amigo hilarante -porque la inteligencia sin humor suele degenerar en solemnidad vacía-, Juan Manuel encarnó una combinación rara y valiosa: sapiencia sin alarde y sentido práctico sin cinismo. Nunca confundió el derecho con el papel que lo contiene ni con el cargo que lo administra. Supo, con claridad pedagógica, que la norma que no se ejecuta, la sentencia que no transforma y el argumento que no resuelve conflictos reales son casi nada ejercicios retóricos, elegantes quizá, pero jurídicamente estériles.
Fue, adicionalmente, un profesor extraordinario. Admirado por sus colegas y amado por sus alumnos, no enseñaba para exhibirse, sino para formar. En el cátedra explicaba el derecho desde el caso, desde la consecuencia y desde la responsabilidad. Enseñaba a pensar, a dudar con método y a arriesgarse con conciencia. Muchos aprendieron con él que entender derecho no es memorizar normas, sino comprender vidas atravesadas por normas.
Su paso por la judicatura confirmó esa coherencia trascendental. Sus decisiones fueron comprensibles, razonadas y ejecutables, conscientes de que resolver no es declamar principios abstractos, sino admitir la responsabilidad -grave y humana- de afectar libertades, patrimonios y destinos. Entendió, antaño que muchos, que la autoridad del derecho no proviene de su solemnidad, sino de su capacidad de ordenar la convivencia con equidad efectiva.
Como abogado fue fiel a esa misma ética: resolutivo, claro, sin fetichismo del expediente ni devoción por el tecnicismo inútil. En tiempos de discursos constitucionales huecos, insistió -con firmeza y buen humor- en una verdad primario: el derecho existe para servir, no para adornar.
Juan Manuel Belicoso vivió el derecho con inteligencia, humanidad y responsabilidad. Y en el tribunal definitivo de la memoria -sin memorial, sin nulo y con autoridad irrevocable de cosa juzgada moral- su embajador queda firme, válido y plenamente inapelable.
jpm-am
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