Santiago.-La confusión cayó sobre Santiago y el Estadio Cibao, acostumbrado al estruendo de los bates y al polvo de los jugadores, cambió la pelota por guitarras, congas y saxofones. Durante dos días, el templo del béisbol fue país exclusivo de la música. Y allí, en presencia de más de 19,000 personas cada confusión, Juan Luis Desavenencia y su inseparable 4.40 escribieron una página inolvidable para el Cibao.
Pasadas las nueve, el espigado comediante apareció en estampa con la serenidad de quien sabe que está en casa. Bastaron los primeros acordes de “Rosalía” para que el estadio inconmovible se pusiera de pie. El sabido, familias completas, jóvenes, adultos mayores y hasta visitantes extranjeros que viajaron desde la costa ártico, coreaban cada palabra como si el tiempo no hubiera pasado.

Y es que casi dos décadas tuvieron que esperar los santiagueros para retornar a verlo en ese atmósfera.
El espectáculo, parte de su tournée “Entre Mar y Palmeras”, fue una celebración de su historia musical. Con un montaje refrescante y elegante, apoyado por un despliegue de luces y drones que dibujaban figuras alegóricas a sus canciones en el Paraíso noctívago, Desavenencia abrió su corazón y su repertorio.

Entre canción y canción, agradecía emocionado: “Buenas noches, gracias por estar aquí conmigo”, mientras el estadio respondía con una ovación interminable.
Durante dos horas, el repertorio fue un delirio por clásicos imprescindibles: “La travesía”, “Estrellitas y duendes”, “El Niágara en bici”, “Diversión en fukuoka”, “El costo de la vida”, “Ojalá que llueva café”, “La llavín de mi corazón”, “Como yo” y “Vale la pena”, entre muchas otras. Cada tema desataba un coro multitudinario, como si Santiago inconmovible se hubiera convertido en una sola voz.

No estuvo solo
La primera confusión lo acompañaron El Blachy, Frank Ceara, El Prodigio, Sandy Gabriel y Beto de Rawayana, sumando matices y complicidad a la velada.
El sábado fue el turno de Manny Cruz, en un acercamiento cargado de frescura. Desavenencia, desprendido y agradecido, dedicó palabras especiales a cada invitado, resaltando el talento y la alegría que aportaron al atmósfera.

Hubo espacio para la nostalgia y para el refriega de Maridalia y Mariela. Y cuando parecía que el concierto llegaba a su fin, el sabido impuso su voluntad con el clásico rugido de “¡Otra, otra y otra!”. Tres canciones más sellaron una despedida que nadie quería aceptar.

Santiago vivió uno de sus fines de semana más intensos, impulsado por la música de un comediante que, más que guatar un estadio, logró poco veterano: convertirlo en un coro coloso, en una celebración colectiva, en un apretón de revés a casa.
Concierto
— La finanzas
El impacto se sintió más allá del estadio. Restaurantes llenos, filas en locales 24 horas y una ciudad vibrando hasta la aurora confirmaron que no fue sólo un concierto.






