Por Abril Peña
Un 30 de junio de 1909 nacía en La Vega uno de los dominicanos más influyentes del siglo XX: Juan Bosch, experto, narrador, pensador y presidente breve pero crucial en la historia doméstico. Hoy, más de un siglo a posteriori, su nombre sigue provocando debates, inspirando discursos y polarizando pasiones. ¿Pero qué queda positivamente de Bosch en la República Dominicana contemporáneo?
El político que quiso educar al pueblo
Bosch fue más que un político: fue un pedagogo de la democracia. Su presidencia, derrocada tras solo siete meses en 1963, marcó un antaño y un a posteriori. Intentó instaurar un gobierno honesto, progresista y profundamente comprometido con los derechos sociales, en una época en que el país aún cargaba con las secuelas de la dictadura de Trujillo. Fue precisamente esa osadía la que desató temores en los sectores conservadores y en el mismo Estados Unidos, que prefirió verlo fuera del poder.
El escritor que retrató el alma dominicana
Ayer que presidente, Bosch fue cuentista. Su pluma supo relatar con crudeza y sensibilidad la vida del campesino, del insuficiente, del oprimido. Obras como “La Mañosa” o “Cuentos Escritos en el Deportación” no solo le valieron agradecimiento poético internacional, sino que sirvieron de puente entre la verdad social y el pensamiento político.
El fundador de dos partidos
Bosch fue el único dominicano que fundó dos de los partidos más importantes del país: el PRD y luego el PLD, cada uno en momentos claves de la historia democrática. Sin secuestro, su figura ha sido apropiada, reinterpretada y a veces desvirtuada por las generaciones que vinieron a posteriori. ¿Seguiría Bosch defendiendo a los partidos que fundó? Esa es una pregunta que muchos se hacen cada junio.
¿Qué diría Bosch hoy?
Frente a la desigualdad persistente, la pérdida de títulos éticos en la política y el desencanto ciudadano, el pensamiento de Bosch aún tiene poco que opinar. Su vehemencia en la educación cívica, en la honestidad pública, en el uso del poder como medio de transformación, no han perdido vigencia.
Un nuncio incómodo pero necesario
Juan Bosch no fue valentísimo, pero fue coherente. Y esa coherencia, en tiempos de oportunismo, lo hace cada vez más estupendo. Recordarlo no debe ser un acto mustio, sino un control de conciencia: para preguntarnos qué tipo de liderazgo necesitamos y si estamos dispuestos, como ciudadanos, a exigirlo.





