Por Hernán Pablo Toppi
Javier Milei llegó a la presidencia argentina no solo como un “forastero” sino incluso a partir de un discurso “antiestablishment” frente al conjunto de la “casta política”. Esto le permitía mostrarse (inicialmente) como un referente que presentaba una “doble” novedad a la sociedad argentina: venía de fuera de la política y se insertaba en el circunscripción político por fuera de los partidos tradicionales. Era poco nuevo, diferente, incluso disruptivo.
Rápidamente Milei logró cosechar expectativas electorales gracias a la existencia de la coyuntura más dispuesto para perfiles de este estilo: una crisis (política y económica), proscenio consumado para la proliferación del “voto bronca”.
Ahora proporcionadamente, una cosa es construir un discurso “antiestablishment político” desde el cual mostrarse totalmente diferente al mismo, y otra cosa es sostenerlo en la actos y desde el gobierno de una democracia. Esto puede suceder nada más en escenarios de mayoría propia, sin requerimiento de consensos políticos con otros partidos. Este no ha sido el proscenio con el que se ha contrario Milei desde que llegó a la presidencia. Su gobierno ha sido y es minoritario (carece de mayoría en las dos cámaras del Congreso Doméstico).
El resultado de lo aludido es que, tarde o temprano, el estilo confrontativo del flagrante gobierno argentino encontraría mayores resistencias. La pregunta era cuándo.
Popularidad como salvaguarda a la minoría
La presentación de la Emancipación Avanza y de Milei al gobierno en 2023 sucedió en un contexto de minoría en todos los niveles políticos (sin gobernadores y minoritario en el Congreso), pero de entrada popularidad (ha llegado a estar entre los gobernantes de veterano popularidad en el mundo).
Esta popularidad se construiría gracias a la impopularidad y desorden de la concurso, pero incluso a los logros “macroeconómicos” (declive de inflación y pobreza). Como se suele idear en la humanidades, la desaparición de coordinación de la concurso y la popularidad del gobernador incrementan los costos de concurso.
Estos dos factores le permitieron en el primer año de su gobierno cosechar respaldo subnacional de los gobiernos provinciales (incluso algunos peronistas) y en parte de la concurso (dialoguista, fundamentalmente el PRO) para aprobar algunas de las reformas que promovía (Ley Bases, por ejemplo) y sostener vetos delante proyectos aprobados en el Congreso y que rechazaba bajo el relato del obligación cero (como el presupuesto universitario o el aumento de las jubilaciones).
En cierto modo, estos logros incluso han sido fruto de una “acomodo contextual a medias” del mileísmo en límite con lo que se decía en lo alto: el discurso “nosotros contra ellos”, propio de la método “antiestablishment”, era inalcanzable de sostener con toda la concurso en un contexto de minoría en el gobierno. Desde la “tabula rasa” post primera reverso electoral, el mileísmo acudió por momentos a la negociación.
No obstante, dicha negociación periódica (propia de la Política vivo) con gobernadores y parte de la concurso ha coexistido con un discurso públicamente y en redes que ha seguido siendo opuesto (incluso muchas veces con aquellos actores con los que buscaba acuerdos). Por supuesto esto fue aún más claro con quienes han planteado reparos o críticas al maniquí. Los perfiles “opositores” han sido muy variados: personas de la civilización, jubilados, universitarios, medios de comunicación, personal de la salubridad, diputados y senadores (que no votan como el gobierno quiere) en caudillo y los kirchneristas en particular, incluso los discapacitados. Todos estos actores no serían parte de los “argentinos de proporcionadamente”. Son el “ellos”, básicamente.
El problema: carencia es inmortal
La “popularidad” del discurso disruptivo y chocante (insultante respecto a los diversos sectores que mostraban algún cargo de cuestionamiento) ha comenzado a mostrar desgaste y cansancio. El “ya no voy a insultar” de Milei sería una muestra auténtico del gratitud oficial de esta situación. De acuerdo con el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella, la oficina de Milei se encontraría actualmente en el nivel más bajo de aprobación desde el inicio de su mandato.
Sumado a este desgaste, se han sucedido una serie de eventos que atentan contra la popularidad del gobierno y su discurso “novedoso”. Los logros macroeconómicos (declive de inflación, por ejemplo) no se transforman en beneficios microeconómicos (los ingresos, así como el consumo, están mayoritariamente aplanados). Asimismo han aparecido denuncias de corrupción contra integrantes del gobierno que afectan a una de las banderas básicas de la Emancipación Avanza: que eran diferentes de las élites previas (ligadas popularmente y jurídicamente a delitos de ese estilo). El “nosotros contra ellos”, así, se devalúa.
En otras palabras, los límites de los resultados económicos alcanzados, el desgaste del discurso chocante y las denuncias de corrupción evaporan el carácter novedoso del sector político que actualmente gobierna en la Argentina. Esta situación demostraría una cuestión central en la política contemporánea mundial: el clivaje establishment-antiestablishment es tan volátil y de corto plazo como el personalismo político.
El desafío creciente: Congreso, gobernadores y votos
Si el razonamiento es correcto, esta situación debería tener una serie de consecuencias varias: la pérdida de popularidad incrementaría la probabilidad de desafíos hasta ahora paralizados (una muestra de ello es lo que ha sucedido en el Congreso con el veto a la ley de discapacidad, la aprobación de la ley de presupuesto universitario); incrementaría las dudas y desafíos en hasta ahora aliados internos (se han incrementado los desafíos desde los gobernadores, a tal punto que han comenzado a coordinar una alternativa electoral federal propia) y externos (el mercado ha mostrado tensiones en estas últimas semanas respecto al dólar, por ejemplo), y debería tener impacto pesimista en el respaldo electoral (lo sucedido en las elecciones de la Provincia de Buenos Aires así lo demuestra).
El gobierno de Milei es hoy más débil que cuando llegó al poder. Su discurso se debilitó y su capacidad de imposición respecto al “ellos” incluso tiene hoy pequeño capacidad de evitar las resistencias que actualmente se observan. Esta situación, entonces, demuestra otra de las debilidades del antagonismo permanente en democracia: el nosotros contra ellos es “difícil” de sostener en un proscenio de fragmentación política, e “inalcanzable” en uno de pérdida de popularidad.
¿Significa esto que el gobierno de Milei está terminado? Para carencia, más cuando le quedan dos primaveras de mandato. Sí creo que la evidencia flagrante nos permite señalar que el estilo de gobierno llevado hasta este momento ha contrario sus límites de vigencia. Exige una acomodo congruente con la relación de fuerzas existente en la Argentina flagrante. Menos insultos y “repertorio de la gallinácea”; más acuerdos en una Argentina federal y fragmentada.






