El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York
A primera aspecto o impresión, el islam y el comunismo —este zaguero reciclado y denominado socialismo del siglo XXI— aparentan ideologías irreconciliables; el primero se proclama radicalmente teísta, el segundo, codicioso y descreído. Sin secuestro, la historia contemporánea nos muestra, con evidencias, que entre entreambos ha existido una dispositivo táctica y estratégica político-militar, no fundada en afinidad doctrinal, sino en la identificación de objetivos convergentes de poder frente a un enemigo popular.
Luego, la misma no es una alianza de fe, sino de conveniencia.
Con furias ambas ideologías: el Islam en distintas épocas, y el comunismo, desde el siglo XX, han trillado en Oeste el contrincante: por su raíz cristiana, su maniquí altruista, su concepción de los derechos humanos, la propiedad privada, la decisión de empresa y la democracia representativa.
Por ello, desde su origen, el comunismo ha combatido ese orden desde la teoría de lucha de clases; en tanto, el islam político, desde la yihad religiosa.
Aunque emplean lenguajes distintos, entreambos persiguen un mismo objetivo: desmantelar el sistema occidental, hoy inmerso en una profunda crisis de identidad honesto, cultural y política.

Los evidencian hechos históricos que, desde la creación, en 1922, de la Unión Soviética (URSS), esta comprendió tempranamente el valencia geopolítico del mundo islámico para usarlo como espacio de desestabilización estratégica desde el momento en que cayó el Imperio Turco, y se extinguió el califato en 1924, por atrevimiento de Mustafa Kemal Atatürk.
El sultán, figura principal del imperio, durante siglos con destino a de califa —líder religioso de millones de musulmanes y de la dispositivo político-espiritual del islam sunita—, al desaparecer esa función —comparable al Papa y la institucionalidad del Vaticano—. Dejó un malogrado profundo en el mundo islámico. Al carecer de un eje central de liderazgo, las sociedades musulmanas quedaron fragmentadas, desorientadas y vulnerables a la penetración de nuevas ideologías y estrategias de poder.
En ese contexto, el comunismo descubre en el islam un ámbito fértil para sembrar y hacer surgir su influencia. A pesar de ser “ideológicamente opuestos”, los movimientos islamistas podían ser instrumentalizados para debilitar a las potencias occidentales o a regímenes aliados de Estados Unidos. Afganistán lo evidenció con claridad: al intentar sostener un gobierno comunista, Moscú se enfrentó a los muyahidines y comprendió que el islam podía convertirse, llegado el caso, en una aparejo revolucionaria eficaz. Más tarde, China, de forma discreta, y Rusia, tanto ayer como luego del período postsoviético, de modo abierta, perfeccionaron esa misma dialéctica.
En el mundo árabe, el nacionalismo socialista se convirtió en el puente natural entre comunismo e islam. Regímenes como el de Nasser, en Egipto; el Baaz, en Siria e Irak; o el FLN, en Argelia, fusionaron socialismo, autoritarismo y símbolos islámicos. El marxismo aportó la estructura estatal y el control institucional; el islam, la movilización emocional de las masas a través de signos, códigos y mecanismos de legalización cultural. El resultado fue un híbrido pragmático y eficaz tanto para el control interno como para la confrontación externa.
Irán representa otro caso táctico central. Aunque la Revolución Islámica de 1979 fue formalmente “religiosa”, su retórica antiimperialista y su maniquí de Estado nacionalista-revolucionario encajaron sin fricción en el eje socialista internacional. Desde entonces, Irán ha cooperado activamente con Rusia, China, Corea del Boreal y con movimientos marxistas en diversas regiones de África, Asia y América Latina.
El discurso cambia; la organización permanece.
En América Latina, esta convergencia se manifiesta de forma aún más explícita. Cuba, Venezuela, Nicaragua y diversos grupos guerrilleros han hendido sus espacios políticos y logísticos a Irán y a organizaciones islamistas radicales. África, por su parte, muestra con crudeza la complementariedad estratégica entre el comunismo —a través de regímenes autoritarios con estructuras de poder centralizadas— y el islam político, que moviliza a las masas y legitima la entusiasmo ideológica.
En el Sahel, Nigeria, Sudán, Somalia y el Cuerno de África, entreambos modelos se articulan para debilitar la influencia occidental y marginar sistemáticamente al cristianismo. No se proxenetismo de una fusión doctrinal, sino de una pinza pragmático entre fe militante y poder totalizante. El comunismo aporta el trasto represivo y la cohesión; el islam, las redes de financiamiento al terrorismo y sistemas de inteligencia oscura.
No es coincidencia: es geopolítica compartida.
El punto central es este: ni el comunismo —incluido su contemporáneo disfraz de socialismo del siglo XXI— ni el islam político toleran la decisión individual, la pluralidad religiosa ni la soberanía honesto del individuo. Entreambos subordinan al ser humano a una causa absoluta —la revolución o la sharía— y justifican la violencia como útil oficial de entusiasmo política. En ese ámbito no solo se comprenden: se necesitan…
Esta relación comunismo e islam no constituye una anomalía histórica, sino una alianza estratégica persistente. Cada vez que Oeste entra en crisis ética, honesto, espiritual o política, esta convergencia reaparece con veterano fuerza. No porque compartan a Altísimo o su abjuración, sino por la afán y la codicia de destruir la civilización que nació del cristianismo.
En síntesis, la dispositivo histórica entre comunismo e islam no es teológica ni doctrinal; es político-militar, sostenida en el tiempo. Comprenderla no es un prueba colegial, sino una condición para interpretar el tablero geopolítico mundial, donde la patrimonio, los capital naturales y el multiplicador religioso se convierten en detonantes de conflictos bélicos de envergadura civilizacional…
jpm-am
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