Irán e Israel (Capítulo 1): El espejismo de la fe

Por: Abril Peña

Para entender el polvorín de Medio Oriente en este puesta en marcha de 2026, hay que dejar de mirar los libros sagrados y emprender a mirar los mapas de poder. Nos han vendido que la enemistad entre Irán e Israel es una cuestión de “odio milenario” o de choque obligatorio entre el islam y el semitismo. Pero la historia tiene otros datos: antaño de la Revolución de 1979, el Teherán del Sha y el Tel Aviv de Golda Meir eran socios estratégicos. No rezaban al mismo Altísimo, pero compartían los mismos intereses.

Entonces, ¿qué cambió? No fue la fe. Fue el diseño del trono regional.

Este estudio no se detiene aún en el costo humano ni en la abertura social iraní; ese es otro capítulo de esta historia. Aquí el foco está en el tablero, en la dialéctica de poder que explica por qué este conflicto persiste incluso cuando la retórica religiosa parece agotarse.

La religión como logística de marketing

Cuando el ayatolá Jomeini tomó el poder, entendió una verdad incómoda: Irán es una nación persa y chií en un océano de países árabes suníes que lo miran con miedo. Para aspirar a liderazgo regional y no decidir incomunicación, necesitaba una causa que lo hiciera políticamente aceptable en presencia de las masas árabes.

Esa causa fue Palestina. Al adoptar la retórica más dura contra Israel, Irán compró un “pasaporte de legalidad” en el mundo islámico. La religión no es el motor del conflicto; es el combustible que se utiliza para movilizar, cohesionar y ocultar una avidez mucho más pragmática: la primacía regional.

Dos potencias en una habitación pequeña

La existencia es más simple y más enorme: Irán e Israel compiten por lo mismo. Los dos aspiran a ser la potencia hegemónica de Medio Oriente.

Israel necesita conservar una superioridad estratégica indiscutible para avalar su supervivencia en un entorno históricamente hostil. Irán, con su herencia imperial persa, siente que el orden natural de la región debería volver en torno a Teherán y no a un unido permanente de Washington.

Esta es una lucha por el excepcionalismo. Israel no puede permitir un Irán nuclear porque eso erosionaría su superioridad disuasiva. Irán no puede aceptar la tutela estadounidense porque eso vaciaría de contenido su plan de soberanía. Si mañana uno y otro países se convirtieran en repúblicas laicas y democráticas, el choque persistiría. Dos proyectos de ese calibre no caben en el mismo espacio geopolítico.

Israel, por su parte, igualmente ha convertido la amenaza iraní en un pilar estructural de su doctrina de seguridad y de su cohesión interna. En Medio Oriente, la percepción de vulnerabilidad puede ser tan peligrosa como la vulnerabilidad efectivo, y Tel Aviv lo sabe.

El precio de la independencia

Aquí es donde el relato occidental exhibe su doble raedor. Se castiga a Irán por su teocracia, pero se toleran o respaldan otras dictaduras religiosas siempre que resulten funcionales a los intereses del dólar y la seguridad regional. El cierto “pecado” de Irán para las potencias no es el turbante de sus líderes, sino su negativa persistente a aceptar órdenes.

Irán ha buscado una independencia radical, una soberanía que no pide permiso. Pero esa obsesión por el poder extranjero ha empezado a cobrar una elaboración interna que no desaparece por decreto ni por retórica. Mientras el régimen se concentra en la partida de ajedrez contra Israel y Estados Unidos, posterga tensiones que siguen acumulándose bajo la superficie.

El velo que se corre

En este 2026, el espejismo de la fe comienza a resquebrajarse. El choque entre Irán e Israel no es una enfrentamiento santa: es la confrontación de dos proyectos nacionales que se niegan a ser subordinados. Es una disputa por rutas, energía, influencia política y control regional.

La religión seguirá siendo útil como bandera, pero ya no alcanza para explicar el conflicto. Y aunque el discurso oficial en Teherán se enorgullezca de su “resistor” internacional, ninguna primacía regional se sostiene indefinidamente si el poder deja de dialogar con la sociedad que dice representar.

Este es solo el primer acto. Para entender lo que viene, hay que mirar menos al firmamento y más al tablero.


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