El autor es periodista. Reside en Santo Domingo.
La República Dominicana ha sabido construir, a lo desprendido de varias décadas, una reputación sólida como destino confiable para la inversión extranjera. Ese posicionamiento no es fruto del azar, sino de una combinación de estabilidad política, visión estratégica y un esfuerzo sostenido de promoción internacional que ha trascendido gobiernos y coyunturas.
Las más recientes estadísticas del Parcialidad Central confirman que el país continúa encabezando la región en materia de inversión extranjera directa (IED). En 2025, la IED alcanzó los 5,023.3 millones de dólares, un crecimiento de rodeando de 11 % respecto a 2024.
Más allá de la signo, lo verdaderamente relevante es la consistencia de esa tendencia y su impacto directo en la vida económica y social de la nación.
Turismo, zonas francas, servicios, industria y construcción han recibido un impulso básico gracias a capitales foráneos que encontraron en el país condiciones propicias para desarrollarse.
Ese dinamismo ha contribuido, a su vez, a la estabilidad política, al crecimiento sostenido y a la proyección de la República Dominicana como una de las economías más resilientes del Caribe y Centroamérica.
No puede obviarse, por supuesto, el papel de la estabilidad política y económica como factores determinantes en la toma de decisiones de los inversionistas. Sin requisa, sería incompleto atribuir el éxito sólo a esas variables.
En los últimos abriles —y, en rigor, desde hace varias décadas— los líderes que han ocupado la Presidencia de la República asumieron como tarea prioritaria la promoción activa del país en el extranjero. La República Dominicana dejó de esperar pasivamente al inversionista y salió a buscarlo.
Puedo dar testificación directo de ello. Durante más de dos décadas acompañé a jefes de Estado dominicanos en giras internacionales, y en cada memorándum había un denominador popular: encuentros con empresarios, conferencias, almuerzos de trabajo, cenas o reuniones bilaterales cuyo objetivo central era presentar las bondades del país como destino de inversión.
Se trataba de explicar, con datos y visión de futuro, por qué volver en la República Dominicana era una audacia sensata y rentable.
Ese esfuerzo no siempre se dio en un contexto internacional tan franco como el coetáneo. Hubo tiempos en que el comercio mundial estaba plagado de trabas, y en que el país aún debía adaptar su entorno institucional para ofrecer mayores garantías.
Aun así, desde el Estado y desde sectores privados comenzó a gestarse una organización de desprendido plazo para insertar a la República Dominicana en el radar de los grandes flujos de inversión.
Temprano
En ese represión histórico es encajado indagar iniciativas tempranas, incluso durante el llamado gobierno de los doce abriles del presidente Joaquín Balaguer. Más allá de las controversias políticas de la época, Balaguer tuvo la visión de impulsar políticas orientadas al exposición estructural del país.
Un ejemplo representativo es el turismo. Cuando el azúcar era aún la columna vertebral de la heredad, se sentaron las bases de una política turística que hoy permite que ese sector sea el principal magneto de divisas, empleo y encadenamientos productivos.
La creación de una dirección genérico de turismo, luego convertida en secretaría de Estado, fue el punto de partida de un proceso cuyos frutos hoy son evidentes.
Desde entonces, distintos gobiernos han continuado —con estilos y pedantería distintos— esa entorchado de promoción doméstico. Presidentes, ministros y embajadores han asumido el rol de promotores del país, entendiendo que la inversión extranjera no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar exposición, bienestar y oportunidades para la población.
La República Dominicana es amplio en la región no solo por sus cifras macroeconómicas, sino porque ha sabido convertir la inversión extranjera en una política de Estado. Esa es, quizás, una de sus mayores fortalezas y un activo que conviene preservar y profundizar con visión, estabilidad y responsabilidad.
JPM
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