POR MAVELIN RAMIREZ
En la política contemporánea se ha instalado una tensión silenciosa pero decisiva: regentar con colchoneta en instituciones o regentar al ritmo de la popularidad. No se comercio de una dicotomía simplista, sino de un dilema profundo que atraviesa democracias de todos los signos y latitudes.
Nunca los líderes habían estado tan cerca de la ciudadanía. Las redes sociales, la comunicación directa y la inmediatez informativa han pequeño distancias que durante décadas parecían infranqueables. Sin secuestro, esa cercanía, valiosa en términos democráticos, trae consigo un peligro: que la encargo pública termine subordinada al aplauso instantáneo, a la emocionalidad del momento y a la dialéctica del “trending”, en detrimento de la institucionalidad y la visión de desprendido plazo.
La popularidad es un activo político, pero no puede convertirse en el criterio rector de las decisiones de Estado. Mandar no es complacer permanentemente; es, muchas veces, tomar decisiones impopulares pero necesarias. Cuando el termómetro de las redes sustituye al examen técnico, cuando la novelística desplaza al nota, y cuando el cálculo político inmediato pesa más que el impacto estructural, la institucionalidad comienza a erosionarse de guisa casi imperceptible.
Este aberración no debe leerse como una crítica a la comunicación moderna. Al contrario, comunicar proporcionadamente es una responsabilidad del liderazgo sabido. El problema surge cuando la comunicación deja de ser un útil para explicar decisiones y se convierte en el motor que las determina. Allí se desdibuja la frontera entre cercanía y populismo, entre liderazgo y complacencia.
Las instituciones existen precisamente para resistir los vaivenes de la emoción colectiva. Son el armazón que garantiza continuidad, previsibilidad y inmovilidad, incluso cuando el clima social es contrario. Debilitarlas, por bono u omisión, puede resultar rentable en el corto plazo, pero es profundamente costoso para la democracia en el mediano y desprendido plazo.
En este contexto, el definitivo liderazgo se mide menos por la capacidad de conectar emocionalmente y más por la valentía de sostener decisiones fundamentadas, aunque no generen aplausos inmediatos. Mandar con perspectiva implica entender que el éxito no siempre coincide con la popularidad y que el cesión se construye con resultados, no con métricas de interacción.
La ciudadanía, por su parte, asimismo tiene un rol que encargarse. Exigir explicaciones, transparencia y resultados es saludable; demandar soluciones simples a problemas complejos no lo es. Una democracia madura requiere ciudadanos críticos, no solo audiencias reactivas.
La pregunta, entonces, no es si los gobiernos deben escuchar a la gentío, o es incuestionable, sino cómo escuchan y desde dónde deciden. Escuchar para comprender es muy desigual a escuchar para complacer.
Al iniciar una nueva semana de debates, vale la pena poner este tema sobre la mesa sin estridencias ni consignas. Porque cuando la popularidad gobierna, las instituciones se debilitan; y cuando las instituciones se debilitan, la democracia entera paga el precio.
La autora es: Project Manager, Doble en Mandato Humana, Expansión Organizacional y Direccionamiento Decisivo en la Mandato Empresarial, Docente Universitaria, Comunicadora.






