
la enseñanza de la lectoescritura ha comenzado a transformarse radicalmente gracias a un enfoque basado en competencias, sustentado en metodologías activas e innovadoras. Esta nueva perspectiva deja antes la visión tradicional centrada en la repetición mecánica del alfabeto y las normas gramaticales, para dar paso a prácticas educativas que promueven el pensamiento crítico, la creatividad y la comprensión significativa del lengua como aparejo para interactuar con el mundo.
Este cambio metodológico parte de la premisa de que enseñar a ojear y escribir no es solo transmitir códigos lingüísticos, sino formar ciudadanos capaces de comprender, interpretar, expresar y transfigurar su efectividad. Isabel Solé (1992) señala que comprender un texto requiere activar conocimientos previos y conectar el contenido con la experiencia del catedrático, lo que implica una enseñanza profundamente contextualizada y centrada en el estudiante.
En este situación, se implementan estrategias como la recital con propósito, la escritura creativa guiada, las tertulias literarias y los juegos lingüísticos, integrando técnicas de dramatización y producción colaborativa. Estas prácticas, desde una inspección socioconstructivista, permiten que los niños construyan sentido en comunidad, asuman roles activos en su proceso de formación y desarrollen habilidades de comunicación efectivas. Emilia Ferreiro (1979) ya afirmaba que la escritura se construye como destreza cultural, no como norma abstracta.
Uno de los aspectos más destacados de esta innovación pedagógica es la capacidad de habilitación a contextos con limitaciones tecnológicas. A pesar de no contar con golpe permanente a dispositivos digitales o internet, los docentes integran capital del entorno, materiales impresos y dinámicas grupales que permiten vivenciar el formación de modo significativa. Esto demuestra que la innovación no siempre requiere ingreso tecnología, sino una inspección creativa y comprometida con la efectividad del estudiante.
Asimismo, el enfoque por competencias implica que la lectoescritura se aborda como una aparejo transversal para el exposición integral. No se enseña solo para aprobar exámenes, sino para proteger la autoestima, estimular la curiosidad, fomentar la argumentación y promover la empatía. Como subraya Paulo Freire (1970), «la recital del mundo precede a la recital de la palabra», reforzando la obligación de conectar el lengua con la transformación social.
En esta fila, además se ha comenzado a incorporar el enfoque STEM/STEAM en las prácticas de lectoescritura, combinando actividades de lengua con desafíos científicos, tecnológicos, artísticos y matemáticos. Por ejemplo, se realizan proyectos donde los estudiantes redactan instrucciones, cuentos científicos o guías para experimentos, desarrollando así no solo habilidades lingüísticas, sino además pensamiento deductivo, capacidad de síntesis y habilidades blandas como el trabajo en equipo.
Esta experiencia innovadora demuestra que, incluso en contextos desafiantes, es posible promover una educación de calidad mediante el uso consciente de metodologías activas, advertencia docente y tolerancia al cambio. La esencia ha sido la planificación estratégica, la observación constante de los procesos y el compromiso ético con el formación auténtico, más allá del currículo prescrito.
Así, la enseñanza de la lectoescritura en cuarto escalón deja de ser una tarea mecánica para convertirse en una aventura formativa que prepara a los estudiantes no solo para ojear libros, sino para ojear el mundo. Como señala Martha Nussbaum (2010), una educación centrada en las humanidades y el lengua es esencial para construir democracias sólidas y sociedades más justas, donde cada peque y pupila pueda desarrollar su voz, su pensamiento y su derecho a participar.
Referencias:
– Cassany, D. (2006). Tras las líneas: Sobre la recital contemporánea. Barcelona: Emblema.
– Ferreiro, E. & Teberosky, A. (1979). Los sistemas de escritura en el exposición del peque. México: Siglo XXI.
– Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Buenos Aires: Siglo XXI.
Por: Amarili Nolasco Mendoza







