En las sociedades donde la chabacanería se convierte en norma y la haraganería en virtud, el porvenir es tan incierto como sombrío. Cero resulta más costoso que la indiferencia delante los asuntos que afectan el destino popular.
Temas como la educación, seguridad, salubridad pública o el orden institucional, son tratados muchas veces con agilidad, como si fueran materia de comedia y no de construcción ciudadana.
Hoy se ríen, mañana lloran. Así de persuasivo es la sentencia que el tiempo impone a los pueblos que prefieren la chercha a la advertencia incómoda.
Se celebran memes en puesto de ideas, se comparte desinformación como si fuera un esparcimiento divertido, y se ignora la reserva de los problemas estructurales. No es infracción del azar que, cuando estallan las crisis, se busque culpables fuera.
El seguro drama reside en que se renunció a tiempo a la responsabilidad. Los medios de comunicación, llamados a ser guardianes de la verdad y vigías de la conciencia pública, muchas veces ceden a la tentación del espectáculo.
La nota se reduce a show. El escándalo desplaza a la denuncia fundamentada. El entretenimiento apetito demarcación donde debería florecer el pensamiento crítico. Y la ciudadanía, en puesto de exigir cumbre, aplaude la banalidad.
El menoscabo del sumario colectivo comienza cuando lo esencial se trivializa. ¿Cómo exigir rectitud en un país que se desaire de la ley? ¿Cómo requerir servicios dignos cuando se normaliza la incompetencia? La desidia se paga con retrocesos.
Las bromas de hoy son los tormentos de mañana. Empoderarse es comprender, cuestionar, llevar a cabo. La sociedad toda está en el deber de despertar del torpeza festivo en que se ha sumido, antiguamente de que la risa se transforme, irremediablemente, en lamentos. Porque el precio de la indiferencia podría ser luego el dolor de lo evitable.
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