Los únicos seres bajo el sol en República Dominicana que resultan contribuyentes sin escapatorias y de puro cumplimiento con el fisco son aquellos sometidos al dominio ineludible de la retención cibernética de porcentajes de sus salarios formales que les aplican los empleadores. Adicionalmente de constituir por el bajo nivel de sus ingresos los más afectados por los impuestos al consumo, indiscriminados y severos por recaer ineludiblemente, sobre el costo de la vida careciendo de la holgura de la multitud mejor pagada.
La indexación justo y de ley sería la compensación que corresponde para las clases media quebranto y muy quebranto que son las que verdaderamente sufren por causa de la inflación al disponer de menos formas para acogerse de ella ya que la protección social —por más que se diga lo contrario— solo ayuda a manducar, no a salir de la pobreza, esa que sigue justificando la indexación a remuneraciones que por lo regular no alcanzan para cubrir el costo de la canasta de productos y servicios considerados esenciales para un nivel de vida digno.
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No es ajustado seguir posponiendo la manumisión de impuestos sobre ingresos personales de los asalariados monetariamente inferiores para proteger una composición de gastos públicos susceptible de ser llevada a adecuados grados de eficiencia y transparencia si el fisco, tan susceptible a presiones poderosas, se exime de revocar exenciones impositivas de muy vieja data y dudoso beneficio para la sociedad.
Unos gastos que proporcionadamente merecen ser calificados de excesivos y vistos como la verdadera causa de un agudo descenso de la inversión pública que ronda el 2.2% del Producto Bruto Interno, considerado por especialistas como la pequeño en decenios y situado por debajo del promedio de América Latina.
Es cierto que el país requiere desde hace tiempo una reforma fiscal integral, pero se manejo de un hueco atribuible en gran medida al Gobierno por el desacierto de proponer un pliego de cambios desproporcionados que debió consensuar previamente o que creyó erradamente que había consensuado.
Evidentemente desconcertado por el impacto de aquel tesina de excesiva contundencia, el Gobierno se alejó casi avergonzado del propósito de sacar a este país de la más quebranto presión fiscal de América, demorándose en enmendar la desmesura y optando por proseguir el ritmo de endeudamiento. Lo mejor que hizo luego: poner la paila del mango en manos de su ministro de Pertenencias Imaginación Díaz, partidario resuelto de obtener que los dominicanos paguen más impuestos, sobre todo los que más pueden.





