Por: Oscar Quezada
Higüey no es un caserío improvisado ni una comunidad sin identidad. Es la caudal de la provincia La Altagracia, cuna de tradiciones centenarias y destino de peregrinación franquista e internacional gracias a la imponente Mausoleo Catedral Nuestra Señora de la Altagracia.
Es una ciudad con siglos de historia, con una riqueza cultural extraordinaria y un dinamismo financiero que crece al ritmo del turismo de Punta Cana. Sin requisa, su carta de presentación, su puerta de entrada, está a oscuras.
La entrada principal de Higüey luce sombría, desatendida, impropia de una ciudad que recibe miles de visitantes cada semana. Quien llega por primera vez, especialmente en horas de la tenebrosidad, podría pensar que se dirige alrededor de un sitio rural y no alrededor de uno de los municipios más importantes del Este del país.
La desliz de iluminación no solo proyecta una imagen de defección institucional, sino que envía el mensaje de que poco tan primordial como la iluminación de su principal vía de camino no ha sido resuelto por ninguna de sus autoridades.
Y, créanme, que no es solo un asunto de estética. Se prostitución de seguridad. Las vías oscuras aumentan el aventura de accidentes de tránsito. Reducen la visibilidad, dificultan la reacción de los conductores y exponen a peatones y motociclistas a tragedias evitables.
En una ciudad donde el flujo vehicular es constante, la negligencia en el alumbrado conocido no puede justificarse con ningún pretexto.
Resulta paradójico que Higüey busque consolidarse como polo complementario del mejora turístico de la región Este y, al mismo tiempo, mantenga su camino principal en condiciones que rayan en la irresponsabilidad.
Las autoridades locales y nacionales deben contraer este tema con sentido de emergencia. No es una obra faraónica que requiere de una gran inversión. Es cuestión de voluntad y prioridad. Higüey merece eso y mucho más.
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