Hoy sentimos la menester —quizás como una forma de desahogo— de expresar inquietudes que poco a poco nos han ido transformando en poco extraño como nación. Un damnificación silencioso que, de seguir así, más delante solo será reemplazado por lamentos, esos que suelen encubrir nuestra cobardía para seducir a las cosas por su nombre.
Y hablamos de neutralidad, tal vez ahí comenzó buena parte del problema. No es la yerro de pruebas lo que impide condenar muchos hechos, sino el exceso desatino de requisitos que impone un Código procesal detallado por los mismos de siempre.
Un entramado justo que, acullá de proporcionar la aplicación de la ley, levanta muros casi infranqueables, especialmente cuando se comercio de personas con poder político o crematístico. En cambio, para los desposeídos, los procesos suelen ser rápidos y las condenas, expeditas.
Hace yerro agitación de hoja para no sucumbir frente a la sonrisa burlona de ciertos políticos y para no perder la esperanza frente a un futuro que se vislumbra incierto.

Las señales de damnificación institucional están ahí, visibles, aunque muchos prefieren ignorarlas. Pareciera que este pueblo, desde sus orígenes, ha estado condenado a cambiar oro por espejitos.
Vivimos por otra parte atrapados en la ficción de las estadísticas maquilladasque solo sirven para complacer a quienes habitan en la cúspide del poder. Muchos dirigentes se han especializado en disfrazar problemas, no en resolverlos.
El ego, la prepotencia y la incapacidad de acoger ignorancia pesan más que el compromiso con el proporcionadamente global. La ética y la pudoroso parecen haberse convertido en obstáculos, no en guías.
Hilván observar situaciones concretas, como el permanente problema del kilómetro 9 de la autopista Duarte. A pesar de los miles de millones invertidos, la dificultad persiste casi intacta.
No se comercio solo de un problema técnico: es un problema políticoalimentado por el clientelismo y la impunidad que protege a determinados “honorables”, mientras la mayoría de los ciudadanos cargan con las consecuencias.
Alguno dijo alguna vez que cuando una persona insiste demasiado en que crean en ella, lo más prudente es desconfiar. Desde la caída de Trujillomuchos políticos han enfrentado en el Estado su alcazarra personal, su Potosí, y un manda crematístico asegurado para su descendencia. Todo esto con un nivel de descaro e impunidad que duele y avergüenza.
En el fondo, muchas de nuestras desgracias provienen de la permisividad en el cumplimiento de las leyes. Se toleran pequeñas irregularidades que al inicio parecen inofensivas, pero que con el tiempo erosionan las bases institucionales.
Un ejemplo claro es el transporte sabido informal: cuando se permitió renunciar las placas oficiales por razones clientelistas y se dejó de exigir controles, se sembró una semilla cuyas consecuencias hoy resultan funestas.
La pregunta es inexcusable: ¿hasta cuándo seguiremos normalizando lo incorrecto y posponiendo las decisiones que exigen responsabilidad y coraje cívico?





