EL AUTOR es ingeniero. Reside en Santo Domingo
Caminar o transitar de incertidumbre por el Gran Santo Domingo equivale a navegar en penumbra por calles, avenidas, parques y sectores enteros donde las luminarias no funcionan, nunca se instalaron o quedaron abandonadas a la suerte del tiempo.
La renta de un país que como el nuestro aspira al incremento, no puede mantenerse bajo un maniquí de alumbrado intermitente, disperso y, en muchos casos, inexistente.
La iluminación pública debería ser una de las funciones más básicas de cualquier empresa, pues las deficiencias de ese servicio divulgado tienen consecuencias múltiples y profundas.
La más inmediata es la sensación de inseguridad que experimentan los ciudadanos al desplazarse entre sombras, percepción que no es del todo subjetiva conveniente a que en zonas mal iluminadas se incrementan los puntos ciegos, disminuye la visibilidad y se facilita la argumento de la delincuencia.
La oscuridad, históricamente, ha sido aliada del crimen y cuando la luz falta, incluso falta la protección que debería felicitar el Estado.
La desaparición de luminarias en tramos críticos del Distrito Franquista, Santo Domingo Este, Oeste y Boreal no solo aumenta el aventura de accidentes, sino que convierte arterias viales en espacios de incertidumbre.

En avenidas emblemáticas como el Malecón, sectores densamente poblados y zonas residenciales de clase media es popular encontrar postes con bombillas fundidas, lámparas rotas y sistemas que no reciben mantenimiento oportuno.
Estas deficiencias revelan un problema estructural que evidencia descoordinación entre ayuntamientos, distribuidoras eléctricas y el Ocupación de Energía y Minas.
Ninguna ciudad puede aspirar a modernizarse si cada institución opera con lógicas distintas y sin un plan integral.
Por su banda, el ciudadano no distingue entre responsabilidades administrativas y lo que percibe es que la luz no funciona, y nadie la arregla.
Es amoldonado explorar que se han anunciado planes de modernización del alumbrado divulgado con tecnología LED y proyectos para mejorar la seguridad urbana a través de la iluminación.
Pero la sinceridad cotidiana sigue siendo tozuda ya que muchos barrios permanecen a oscuras, las luminarias instaladas no siempre son mantenidas, y las intervenciones parecen más reactivas que estratégicas, por lo que se puede sostener que se avanza, pero no al ritmo que exige una ciudad de más de tres millones de habitantes.
La oscuridad es un signo, pero incluso un mensaje que expresa incuria, desatiendo de mantenimiento, debilidades institucionales y una desconexión entre las evacuación reales de la población y las prioridades programadas.
El Gran Santo Domingo merece poco más que luces dispersas, merece claridad, seguridad y planificación, porque una ciudad que no se ilumina correctamente siquiera ilumina su futuro.
jpm-am
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