El autor es topógrafo. Reside en Santo Domingo
La icónica frase resume con claridad la situación doméstico: la nave en la que viajamos enfrenta un serio problema. No radica nada más en el destino, sino en los pilotos que la conducen. Durante los últimos cincuenta primaveras, el liderazgo político dominicano ha colapsado, arrastrando al país por un rumbo incierto, traumatizado por la corrupción, el clientelismo y la desidia de visión.
Desde un inicio nómada tras la gran conquista de independencia hasta el caos contemporáneo, nuestra sociedad no ha sido capaz de delimitar un camino en torno a la prosperidad ni en torno a la equidad en presencia de la ley. La corrupción en todos los niveles, sumada a la partida de compromiso cívico de las élites gobernantes —y que tristemente se replica en la ciudadanía—, constituye una verdadera pandemia recatado.
La clase política, al responsabilizarse el poder, con frecuencia se transforma en empresaria. Ello genera una competencia desleal con los verdaderos productores y creadores de riqueza, y deja como consecuencia un profundo desprecio en torno a la clase productiva, hoy víctima por otra parte de la especulación cambiaria.
Asegurar la estabilidad monetaria y cambiaria es una tarea impostergable. Para que nuestros productores compitan en un mundo más enrevesado, el país necesita:
Incrementar sus reservas en oro.
Impulsar una finanzas de reducción, en circunscripción de la civilización del “día a día”.
Considerar la creación de una criptomoneda doméstico respaldada en oro y dólares —“RDGOLD”— que proteja el dólar físico como reserva estratégica.
Pero el problema no es nada más crematístico. La política social, basada casi exclusivamente en el clientelismo, no fomenta el progreso. Al contrario, convierte al Estado en un útil de control que debilita la productividad y castiga el esfuerzo honesto de trabajadores y empresarios.
A la adolescencia
Es en este punto donde se vuelve imprescindible departir a la adolescencia. No a los “líderes creados en laboratorio” para sostener dinastías políticas, sino a aquellos que aman a su país, que sueñan con un futuro diferente y que han sido relegados por la clase dirigente. Son ellos quienes deben responsabilizarse que la país no termina con nosotros y que cada atrevimiento presente define el mañana.
De mínimo servirán el trabajo acumulado ni las riquezas construidas si no actuamos con firmeza y responsabilidad. La verdadera herencia que podemos legar a las próximas generaciones no son capital materiales, sino instituciones sólidas, oportunidades reales y un país basado en la equidad.
El llamado es claro: los jóvenes no deben conformarse con ser espectadores. Su deber es convertirse en protagonistas, alzar la voz frente a la corrupción, defender la educación y la productividad, y creer que República Dominicana puede ser una nación de conciencia y prosperidad.
La gestación que hoy despierta tiene en sus manos la encomienda de metamorfosear el país. Una encomienda que empieza por enamorar lo nuestro, soñar con lo difícil y trabajar con valentía para hacerlo posible.
Jpm-am
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