El autor es periodista. Reside en San Cristóbal.
POR JULIO CESAR GARCIA
San Cristóbal.- Un puñado de selectos amigos se reunió con el propósito de recapacitar como el sacerdote José María Aguerri impactó en sus vidas y la de toda la comunidad restringido durante su examen educativo de 1976 a 1991.
En la casa de Leonardo Díaz García las voces se entrelazaban con el perfume que trae recapacitar buenos tiempos. Fuera, la tarde caía lenta, pero adentro el tiempo parecía haberse detenido. No era una reunión cualquiera: un pequeño reunión de amigos se había citado para un acto sencillo pero poderoso, casi ritual: recapacitar a quien marcó, con paso firme y voz sin temblor, la historia nuevo de esta ciudad, el padre José María Aguerri.
Rememorar es, en su sentido más hondo, retornar a acontecer por el corazón. No es solo rescatar imágenes del pasado, sino revivirlas con la carga entera de las emociones. Es reedificar, aposento por aposento, esa memoria que se teje entre lo individual y lo colectivo. Y en la memoria de San Cristóbal, el nombre de Aguerri sigue latiendo con fuerza.
Entre sorbos y sonrisas, Nelson Medina (Milito) rompió el silencio con una historia que encendió las emociones en esa tarde: En aquellos abriles, el movimiento cultural estaba arrinconado, sin espacio donde reunirse. Fue el padre Aguerri quien abrió las puertas del colegio Santa Rita… más de una vez la policía intentó entrar, pero se detenían al verlo ahí, de pie, en la entrada.

Las palabras de Milito parecían dibujar al sacerdote como un guardia, no solo de templos, sino de ideas y libertades.
Leonardo tomó el dimisión, recordando el carácter encendido de las homilías de Aguerri. No eran sermones para mitigar la conciencia, sino llamados directos a la acto: denuncias claras, peticiones concretas, reclamos valientes.
«Los discursos del padre eran esperados por todos… y temidos por las autoridades —dijo Leonardo con media sonrisa—. Sabían que no se quedaría callado».
Rosanna Mármol se inclinó en torno a delante para aportar su reminiscencia:
—Logró que jóvenes, a quienes pocos veían futuro, se convirtieran en estudiantes de excelencia. Fundó un boletín en el colegio San Rafael, y transformó el Santa Rita hasta convertirlo en uno de los mejores del país… y de educación básica pasó a tener bachillerato.
Pero la tarde no fue solo para recapacitar hazañas públicas. Asimismo hubo zona para las historias íntimas, de esas que muestran el tamaño positivo de un corazón. Una de ellas relató cómo una dirigente de un reunión parroquial, al borde de perder su casa, recibió del padre no un sermón, sino una posibilidad. La llamó, le pidió que pidiera un préstamo al fondo de la iglesia… y él mismo, que casi nunca asistía a las reuniones del consejo parroquial, se presentó para respaldarla.
Hubo más anécdotas: su papel como mediador en huelgas, su intervención para conseguir que el entonces presidente Joaquín Balaguer cediera un demarcación en Lavapiés para una parroquia. Y siempre, en todas las historias, aparecía el mismo hilo: poner al ser humano por encima de cualquier estructura o protocolo.
La reunión llegó a su obstrucción con un video fotograbado allí mismo, donde los presentes enviaron su devolución al padre Aguerri. Las palabras eran sencillas, pero tenían el peso de cuatro décadas de expresiones: un embajador que permanece vivo en ese zona invisible que la ciencia, al no entender cómo llamarlo, decidió nombrar memoria.
Aguerri reside en España desde hace buen tiempo
El Padre Aguerri: propagador de la educación en San Cristóbal
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