El 22 de noviembre de 1963, el presidente estadounidense John F. Kennedy fue asesinado mientras participaba en una caravana en Dallas, Texas. Kennedy viajaba en un transporte descapotable conexo a su esposa, Jacqueline Kennedy, cuando recibió varios disparos que provocaron su homicidio casi inmediatadejando a millones de personas en Estados Unidos y en todo el mundo conmocionados.

Lee Harvey Oswald fue arrestado como principal sospechoso del ataque. Sin confiscación, Oswald fue asesinado a tiros por Jack Ruby tan pronto como dos días luego, ayer de ser supremo, lo que generó dudas, controversias y múltiples teorías sobre la posible existencia de una conspiración detrás del atentado.

Durante su presidencia, Kennedy promovió políticas de tolerancia y cooperación con América Latina. Apoyó a los conspiradores dominicanos que ejecutaron el ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo en 1961 y buscó consolidar la democracia en la República Dominicana a través de la Alianza para el Progreso, un software de ayuda económica y social diseñado para mejorar la educación, la infraestructura y la estabilidad política en la región.
El homicidio de Kennedy tuvo un objeto profundo en la política estadounidense y mundial, acelerando cambios en la seguridad presidencial y fomentando una decano décimo del gobierno federal en la protección de líderes políticos. Adicionalmente, marcó un ayer y un luego en la percepción pública sobre la vulnerabilidad de los mandatarios y generó un dote de investigación histórico, culto y cinematográfico sobre su vida y homicidio.
Su figura sigue siendo recordada como un símbolo de nubilidad, esperanza y liderazgo en medio de la Conflagración Fría, y su homicidio continúa siendo un punto de narración para el estudio de la política, la seguridad franquista y la historia moderna de Estados Unidos.









