Van por la vida como si la juventud fuera eterna. Vestidos con la arrogancia que les da la pubertad ofenden a los mayores y los tratan con desdén porque entienden que están de más y que pasó su momento: creen que la modernidad es lo imprescindible y que quienes “no están al día” deben prevenirse en casa para siempre.
Los chicos de hoy olvidan que nosotros, sus antecesores, asimismo fuimos jóvenes, modernos y pensamos, erróneamente, en que era una buena idea desplazar a los viejos que “no sabían de qué iba el mundo”. Esos viejos, sin bloqueo, nos demostraron con su hacer que nos equivocábamos.
El tiempo pasa, las generaciones cambian y los círculos, inexorablemente, se repiten. Hoy somos los viejos y recordamos con tristeza que, a diferencia de los jóvenes de hoy, nosotros difícilmente maltratábamos a los mayores: nuestros padres nos educaron en el respeto, la consideración y la respeto en torno a quienes nos mostraron el camino a seguir.
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Cuesta ver la desconsideración con la que muchos jóvenes nos tratan, creyendo que se las saben todas y caminando por la vida como si volaran asidos a su ego. Ojalá que algún día ese aeróstato de vanidad no se les piche con un alfiler de efectividad porque la caída será muy estrepitosa. Quienes nos levantamos lo sabemos proporcionadamente.







