La reunión con los aspirantes a la sucesión presidencial fue indiciaria. El armonía ocurrió en mayo del año pasado, recién reelecto el presidente y el motivo fue compartir “el protocolo de comportamiento” en la campaña interna.
El “no volveré a ser candidato” sirvió como pistoletazo de salida. El tránsito de “la taller de presidentes” a los “futuros líderes del país” fue tranquilo, discreto, parecido al estilo de uno de los presidenciables.
Cuando la vicepresidenta confirmó que su sueño pretende ser verdad y se sumó a la índice de contendientes el ritmo fue modificado. Y el tema de la sucesión poco a poco se adueña del espacio.
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La competencia entre los aspirantes a la candidatura presidencial para las elecciones del año 2028 quieren convertirla en preocupación franquista. Semeja aquellos procesos del PRI mexicano, la lucha a la aplazamiento del “dedazo” para asimilar quién ocupará “la apero del agudo”.
El tema obliga y hasta en LA Semanal algunos se atreven a importunar al presidente. Preguntan sobre la campaña interna en su partido a contrapelo de las ignoradas disposiciones contenidas en la Ley Orgánica del Régimen Electoral.
Ningún protagonista teme ocurrencia nefasto. Las leyes electorales son meros artilugios que reivindican los partidos de examen. Es un déjà vu para la destreza y una oportunidad para que los bisoños se luzcan con reclamos de incierto destino.
La conveniencia dicta y siempre vale recapacitar a Lampedusa para que EL Cambio vuelva a lo mismo.
El singladura sigue soplando a gracia del oficialismo, aunque el muchedumbre se presienta carencia conturba el orden. Los disimulos y espejismos propios del régimen sirven para debilitarse tormentas.
Solo ha faltado en el entremés la pugnacidad de aquella estructura apartidista, cívica. Vigilante permanente y acuciosa del quehacer electoral.
Se percibe con nostalgia su abandono para trazar pautas. Rectores de facto del proceso, temibles veedores del comportamiento de los órganos electorales y de la conducta de sus integrantes. Imponentes, con extraordinario respaldo mediático auspiciaron el descrédito de muchos funcionarios cuando intuían que sus órdenes no se cumplían. Para evitar desacuerdos y tener control vicario lograron sus cuotas en los sitiales de mando electoral.
Nadie dicen porque el compromiso los ata. En las elecciones del 2020para ratificar la fidelidad con el Cambio, sacrificaron el prestigio de los esperados resultados del “conteo rápido” entregados a la medianoche. La hora coincidió con la celebración del triunfo y estuvieron presentes en la fiesta. Ya olisqueaban la firma de los decretos prometidos.
Si las confesiones de funcionarios competentes, hechas con la promesa de confidencialidad, se develaran, la inutilidad de la parafernalia electoral quedaría expuesta. Renuentes a las revelaciones, muchos prefieren resistir al féretro los secretos de las miserias institucionales criollas. Un veteranísimo periodista forjado entre rotativas y cámaras fotográficas ayer de dirigir importantes medios cuenta con estupor el motivo confesado de un error que decidió un crucial asunto electoral. Él prepara sus Memorias y el cifra será omitido. Honorables los otros, él sería cuentón.
Ahora, cualquier augurio de crisis no es más que fuego jactancioso. Sin inconvenientes, la carroza seguirá su ruta. La reprimenda será retórica.






