Por: Lic. Luis Ma. Ruiz
Leí en la sección de Quora un estudio presentado como hipótesis bajo el título “No fue por petróleo; fue por poco mucho más decisivo”, firmado por un tal Jack Fox, quien se describe a sí mismo como “Acrat intelectual, incrédulo, poeta psicótico”. Según él, Estados Unidos ejecutó la veterano operación marcial en América Latina desde Panamá en 1989: la procedencia de Nicolás Prudente Moro, presidente de facto de Venezuela.
El artículo de marras mezcla hechos no verificables, hipótesis plausibles y afirmaciones sin sustento conocido para sostener su juicio: que la intervención no fue por petróleo, sino por la convergencia estratégica de China, Irán y Rusia en demarcación venezolano. Parte de esa novelística podría contener rudimentos ciertos, pero el armazón genérico descansa más en conjeturas que en evidencia.
Sin bloqueo, el texto toca un punto que merece advertencia: las explicaciones fáciles. El petróleo, por ejemplo, sirve para todo. Para alegar guerras, para simplificar conflictos, para convertir decisiones complejas en relatos digeribles. Pero cuando una potencia actúa fuera de sus fronteras, casi nunca lo hace por lo que dice. Y casi siempre lo hace por lo que calla. Un ejemplo verificable: La invasión de Rusia a Ucrania: Una “Operación marcial distinto”; fue el eufemismo que el Kremlin adoptó parala segunda intervenrsión marcial.
La intervención estadounidense en Venezuela no encaja del todo en el añoso argumento del crudo. No porque el petróleo haya perdido valencia, sino porque ya no es el eje del poder integral. El siglo XXI se mueve con otros combustibles: minerales raros, microchips, drones, datos, rutas logísticas. El poder ya no se mide en barriles, sino en cadenas de suministro. Lo inquietante no es que Estados Unidos haya intervenido. Lo inquietante es por qué.
Durante primaveras, Venezuela dejó de funcionar como Estado y se convirtió en un demarcación adecuado: para China, para Irán, para Rusia. Cada uno colocó su cámara en el tablero. No era cooperación. Era convergencia. Y cuando tres adversarios estratégicos de Washington coinciden en un mismo punto del planisferio, el planisferio deja de ser geogonia y se convierte en miedo.
Lo que se jugaba allí no era petróleo, sino control: de minerales críticos, de infraestructura marcial, de plataformas tecnológicas capaces de alterar el estabilidad hemisférico. No es casual que los ataques no tocaran pozos ni refinerías. Golpearon radares, comunicaciones, bases, nodos de inteligencia. No buscaban bienes: buscaban desmantelar capacidades. Pero hay una pregunta que ningún estudio geopolítico resuelve del todo:¿qué significa para América Latina que su demarcación pueda convertirse, sin aviso, en círculo de una conflagración por minerales?
Si el petróleo fue la excusa del siglo XX, los minerales estratégicos pueden ser la excusa del XXI. Y la región, con su mezcla de fragilidad institucional y riqueza subterránea, es un menú irreprimible para cualquier potencia que quiera fijar su futuro tecnológico. La verdadera amenaza no es China, ni Rusia, ni Irán.
La verdadera amenaza es que América Latina siga sin construir soberanía sobre lo que tiene debajo de sus pies. Que otros decidan qué vale, cuándo vale y para qué vale. Que nuestros gobiernos sigan administrando bienes estratégicos como si fueran botines y no cimientos de poder. El petróleo fue la coartada. Los minerales son el guion. Si la región no despierta, será el círculo… no el actor.
Relacionado






