El autor es periodista. Reside en Santo Domingo
Por Rey Arturo Taveras
Hay estafas que se ocultan en la penumbra, pero la del servicio eléctrico, denunciada por Marranzini arde a plena luz del día.
Es un fraude colosal, un desfalco al pueblo dominicano, vestido de recibo, una mordida en cada bombilla encendida de los hogares dominicanos.
Lo moribundo no es que una institución haya manipulado cifras, sino que todo el sistema de distribución eléctrica huele a podrido.
Si se levantara la esterilla y se auditara a todas las EDES, el país se estremecería hasta los cimientos, porque la estafa no es un choque: es un costumbre.
Durante primaveras, miles de familias han manido cómo de la confusión a la mañana sus facturas se multiplica como si en sus casas se escondiera una industria clandestina de aluminio o un rascacielos iluminado día y confusión.
Lo que antiguamente eran dos mil pesos se convirtió en diez mil o 12 mil , sin que un abano girara más rápido ni un bombillo brillara con decano intensidad.
Es el mismo consumo, pero la cuenta sube como un espacio ligado a la codicia de unos cuantos administradores del servicio eléctrico franquista.
El enredo al pueblo no es casual ni mecánico, siquiera un error de cálculo, sino una manipulación manual, premeditada, como la mano del tahúr que cambia las cartas en la mesa.
Se palabra de doble contabilidad: una verdad en los medidores y otra mentira en las cajas, que luego desaparece en los balances contables como un truco de prestidigitador de una red mafiosa en cada institución.
Es un fraude cuyo origen se vislumbra que nació en un escritorio separado ni en la deseo de un solo administrador, sino que en él participan muchos actores.
Es un secreto a voces que atraviesa gobiernos, que conoce la clase política y que toleraron presidentes sucesivos.
Nadie puede hacerse el inocente, porque el silencio cómplice ha sido parte de la estafa.
Hoy, el nombre de Manuel Mejía Naut salta a los titulares, señalado por manipular consumos de 42 mil clientes en Edeeste.
El Consejo Unificado de las EDES, en voz de Celso Marranzini, lo presenta como el tosco de turno, el rostro del desorden y la corrupción.
Pero, ¿será él solo el árbol podrido o el bosque impávido está enfermo? ¿Hado se pretende con un encarcelamiento aislar el mal, como si la metástasis se pudiera frenar amputando un dedo?
Presentar como mejoramiento lo que en verdad fue un fraude masivo es una metáfora cruel de la política energética dominicana: el maquillaje sobre el despojos, la piropo marchita en el caja del servicio eléctrico.
Las EDES deben ser auditadas todas, sin excepción, y devolver cada peso robado.
No puntada con señalar un culpable, porque este fraude no tiene un solo rostro, es una medusa de mil caras y no es una sombra aislada, sino un ocaso franquista.
El país clama por transparencia y la electricidad que ilumina nuestros hogares no puede ser incluso la oscuridad que apaga nuestra confianza.
Jpm-am
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