Santo Domingo.- Por las mismas aguas donde hoy navegan yates de fasto y se sirven champañas a costado de catamaranes turísticos, flotaron esta amanecer los restos de una tragedia que no es nueva exacto frente a esas playas, aunque parecía olvidada.
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Frente al esquema turístico de Cap Cana naufragó una yola en la que se estima que 50 personas viajaban de guisa con la intención de resistir a Puerto Rico de guisa ilegal, en un trágico contraste entre la riqueza de quienes habitan en villas, aparamentos y yates con aquellos que huyen de la miseria en pesquisa de un mejor porvenir.
Durante los abriles ochenta y noventa las playas Caletón y Juanillo eran espacios silvestres, hermosos, con aguas de tres tipos de azules que se perdían en el horizonte. Kilómetros de playas eran escoltados por cocotales y en Juanillo era interrumpido por un destartalado destacamento de la entonces Armada de Eliminación, ahora “La Armada”.
Los marinos, muchas veces con botas enlodadas y radios inservibles, hacían lo que podían para frenar los viajes ilegales en torno a Puerto Rico. Pero no siempre lo lograban. De hecho, muchas veces llegaban solo para ayudar al rescate de cadáveres. Las embarcaciones improvisadas zozobraban, y los cuerpos eran arrastrados a las costas, aunque otros nunca aparecían.

Con el tiempo, el paraíso escondido fue descubierto. Inversionistas lo convirtieron en el corazón de Cap Cana, un enclave de fasto donde hoy se alzan hoteles premium, campos de golf de renombre y villas con presencia al mar. La playa Juanillo dejó de ser punto de fuga para convertirse en símbolo de exclusividad.
Pero esta amanecer, la cosmografía volvió a recordarnos que la desigualdad no se sedimento con brochas de fasto.
La embarcación artesanal, sobrecargada, naufragó frente a Playa Caletón, poco al ideal de Juanillo para rememorar tragedias del pasado. Diecisiete personas han sido rescatadas con vida. Cuatro cadáveres han sido recuperados al entrar la tarde del viernes. El resto, por ahora, es silencio, aplazamiento y angustia.
Los sobrevivientes, temblorosos y cubiertos de sal y miedo, narran un relato que se repite como discurso: pagaron para salir en pesquisa de una mejor vida. Algunos soñaban con resistir a Puerto Rico, trabajar duro y mandar patrimonio a sus familias.
Otros, más ingenuos quizás, pensaban que allá podrían alcanzar con qué insubordinar una casa, un empleo, estabilidad. Tal vez, soñaban incluso con regresar algún día y comprarse un habitación frente al mar, en lugares como Cap Cana. Irónicamente, salieron desde sus espaldas, desde sus sombras.
Los rescatistas de la Armada y de la Defensa Civil recibieron la voz de alerta ayer del amanecer y trabajaron entre olas revueltas en procura de rescatar personas vivas o recuperar cadáveres.






