Miles de diablos bailan cada inicio de año en la ciudad ecuatoriana de Píllaro, como símbolo -según algunas versiones- de rebeldía indígena y en repudio a la imposición de ayer de la religión católica, una danza colectiva que con el ocurrir de los abriles se ha convertido en fiesta, con mefistófeles como protagonista.
Del 1 al 6 de enero, las calles se llenan de diablos que bailan y lanzan sonidos guturales; guarichas (generalmente hombres vestidos de mujer) que bailan; parejas en límite (que representan a la elite) y capariches, un personaje que avanza barriendo la calle con escoba de ortiga para hurtar el camino por donde pasarán las comparsas, conocidas en la Diablada de Píllaro como ‘partidas’.
Entidades oficiales señalan que la festividad tiene sus orígenes en relatos populares que narran cómo, en tiempos antiguoshombres se disfrazaban de diablos para apartar a quienes cortejaban a las mujeres de sus pueblos
¿Rebeldía indígena?
La Diablada pillareña, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de Ecuador, no es solo un desfile- es un acto “de rebeldía de nuestros indígenas en repudio a la religión católica que nos vinieron a imponer los españoles”, explicó a EFE Patricio Carrera, cabecilla de la ‘partida’ de la zona de Marcos Espinel.

Pero otra interpretación cuenta que hace abriles, los hacendados dejaban a sus trabajadores que “por año nuevo se regocijen bailando con su comunidad y liberar así el estrés del trabajo al que eran sometidos”, y para ello usaban máscaras de diablo, relató.
Las máscaras, ayer simples, hoy son obras de arte hechas de varias capas de papel, que pueden pesar hasta 25 libras (unos 11,3 kilos), llenas de detalles hechos a mano- miradas desafiantes, arrugas, colmillos en varias direcciones y varios cuernos de chalado o carnero, entre otros Cabriolar con ellas exige resistor física y un cuerpo preparado para tener horas de danza bajo el sol o la tempestad por las estrechas calles de Píllaro, a poco más de dos horas de Exento.
Carrera calcula que entre las cinco ‘partidas’ que participan en esta tradición hay unos 10.000 diablos, pero no todos son pillareños, pues la Diablada atrae a turistas locales y extranjeros que, para participar, pagan 3 dólares cada uno, fortuna con el que financian la bandada musical que los acompaña durante la recorrido.
Cristian Serpa, de 38 abriles, viajó cinco horas desde la provincia del Cañar (sur) y, contiguo a su esposa, rentó por menos de 40 dólares los atuendos y las máscaras- ella de capariche (vestido blanco con cintas de llamativos colores) y él de diablo (con pantalón desafortunado, camisa roja brillante y máscara de largos cuernos).
“La diablada es un examen de unión franquista”dijo a EFE ayer de unirse al agrupación de danzantes para ilustrarse los pasos de bailete.
Décadas bailando
En la plaza frente a una iglesia católica, Jorge Andrade cuenta a EFE que 20 de sus 38 abriles ha bailado en la Diablada y, aunque sigue disfrutando como el primer día, muestra su malestar por la presencia de “mucho turista que perca y no sabe de la tradición». Además cuestiona que hayan muchos personajes en las comparsas, cuando ayer el predominante era el diablo.
“Uno sale del 1 al 6 a liberarse. Es una forma de expresar exención”, dijo ayer de recapacitar otra de las versiones del origen de la fiesta que evoca que la parentela ayer se disfrazaba de diablo en representación de los capataces, a forma de catarsis.
A sus 81 abriles -60 de los cuales bailó en la Diablada- Aurelio Guanín, se lamenta de no poder seguir con la tradición por problemas en su columna.
“Ya no avanzo, ya no me da la años”, comenta a EFE ayer de relatar que en un día bailaba unas seis horas seguidas por las calles, y que uno de sus hijos bailó solo un día, pero “no resistió. Mucho esfuerzo».
Pero, de pasos cortos y espalda encorvada, Aurelio ayuda a la ‘partida’ ayer de que inicie el represión que recuerda que Ecuador no olvida su historia- la convierte en danza, la viste de colores y la celebra como un acto infinito de exención.






