![]()
“Feliz”, una de las obras cumbres del teutón Johann Wolfgang von Goethe, es representada en la sala Ravelo del Teatro Franquista Eduardo Brito. En su primer fin de semana, el montaje dirigido por Manuel Chapuseaux y protagonizado por Richardson Díaz, Patricio Bravo, Lía Briones y Camila Santana, ha dejado un sabor agridulce.
Desde su argumento, la obra proporciona ese fulgor perturbador y desconcertante que ofrecen los textos alborotadores. Precisamente, esos que de guisa filosófica, nos plantean las intermitencias de la vida, la asesinato, los deseos carnales, las relaciones de los seres humanos con Todopoderoso, con el Diablo…
Pues la puesta en ámbito en cuestión, allí de perturbar en el sentido extraordinario de la palabra, mas aceptablemente se acerca a lo incómodo. A la no comprensión de lo que se nos está planteando. A las inquietantes interrogantes de no memorizar si ha sido la propuesta la que no ha estado a la cúspide del texto, o si ha sido el texto el que no ha estado concorde para ser montado.
Por momentos, además nos ha llegado a la persona una pregunta capciosa: ¿Está Chapuseaux exhausto en su creatividad como director? O, simplemente, se ha dejado arropar, en ocasiones, por las peticiones (exigencias) de los productores de las obras en las que trabaja y ha cedido su buen tino para obtener puestas en ámbito redondas, tanto en la dirección de actores, como en los mismos montajes.
En “Feliz” el mensaje llega a medias. A veces distorsionado. Un drama filosófico escrito por Goethe en sus dos entregas en la primera centro del siglo diecinueve, que consciente o inconscientemente se coloca en el plano machista de adjudicarle parte de las responsabilidades a la mujer enamorada, cuando ha sido el hombre quien, por sus anhelos de poder y eterna mocedad, ha incurrido en negocios y conjuros oscuros, parece que ha costado asaz obtener que el concurrencia captara la idea.
Cuando decimos que parece ser que Chapuseaux está exhausto, nos referimos a que, siendo el imponente actor y director que ha sido por más de 30 primaveras y teniendo en sus manos un texto tan rico en argumentos como éste, lo minimiza dejándose arropar por lugares comunes con simbologías preestablecidas y tantas veces manoseadas (que aportan muy poco al discurso teatral), como vestir al diablo de rojo o a la víbora/hechicera de molesto, por sólo citar dos casos.
Siempre hemos esperado más de Manuel y siempre nos ha regalado más. Quizás, tanto trabajo y poco refrigerio esté mermando una de sus cualidades más representativas: la creatividad y esto haya regalado como resultado un montaje donde lo elemental forma parte importante del producto final.
Como decimos una cosa, decimos la otra. La parte técnica, como maquillaje, el propio vestuario y la escenografía estuvieron acertados, sin que por esto dejemos de flanco que el personal trastabilla demasiado en sus diálogos. Habrá que examinar qué distracción previa a subir a ámbito los limitó a lucirse en sus intervenciones.
Otra cosa, por momentos, el drama filosófico que es “Feliz” y el discurso estético y la teatralidad que pudimos apreciar, se confundía con un teatro del desatino al más fiel estilo de Samuel Beckett.
Coincidencia o no, debería ser un punto a tomar en cuenta por la producción y la dirección de Patricio y Chapuseaux, respectivamente.







