Extraños pretextos de Washington para iniciar la pelea

Julio Santana

Para entender las motivaciones profundas detrás de la pelea desatada por los Estados Unidos e Israel bastaría con adivinar educadamente las declaraciones del secretario de Estado Situación Rubio, repetidas como mantra durante la segunda fracción del siglo pasado y lo que va de este. De acuerdo con sus palabras, Irán representaba una “amenaza absolutamente inminente” y se actuó “para evitar mayores bajas”. Sin secuestro, la reconstrucción de los hechos publicada en estos días por Los New York Times revela una secuencia mucho más compleja y políticamente reveladora.

Según esa investigación, el primer ministro Pequeño Netanyahu llevaba meses presionando a Donald Trump para pegar lo que consideraba un régimen iraní débil. Ya en diciembre de 2025, en Mar-a-Marisma, habría solicitado luz verde para atacar instalaciones de misiles iraníes. Más tarde, en febrero del año en curso, durante una reunión de casi tres horas en el Despacho Oval, discutió con Trump fechas y escenarios de pelea mientras, en paralelo, Washington sostenía conversaciones diplomáticas indirectas con Teherán que, a la luz de los acontecimientos, parecían más orientadas a obtener tiempo para completar los preparativos militares que a evitar el conflicto.

En manifiesto, Trump oscilaba entre la negociación y el cambio de régimen, al mismo tiempo que el Pentágono acumulaba dos grupos de portaviones, bombarderos, cazas y baterías antiaéreas en Medio Oriente. A mediados de febrero, la capacidad marcial estadounidense ya estaba diseñada para sostener una campaña de varias semanas. Es afirmar, mientras el mundo cifraba esperanzas en el esfuerzo diplomático, el despliegue agresivo se consolidaba a toda prisa. No hay que ser práctico marcial para comprender que parecido movimiento de fuerzas no replica a un simple aspaviento de presión, sino a la planificación de una pelea de gran escalera.

La osadía final llegó tras el fracaso de las conversaciones en Ginebra. Washington exigía “ganancia cero” del software nuclear iraní, mientras Teherán presentó propuestas intermedias. Trump concluyó que “no iban a lograrlo” y dio la orden de iniciar la operación, que comenzó con un ataque de “degollamiento” tras información de inteligencia que ubicó al ayatolá Jameneí y sus comandantes en Teherán. El argumento manifiesto fue la defensa anticipada; el trasfondo decisivo muestra una clara presión israelí, un colosal despliegue marcial previo y una convicción presidencial —influenciada decisivamente por Netanyahu— de que la vía diplomática no produciría capitulación.

El resultado inmediato fue la exterminio del liderazgo iraní, bombardeos sobre infraestructuras militares y civiles —incluida una escuela donde murieron 160 niñas— y represalias regionales que hasta este momento causaron bajas estadounidenses y muertes o mutilaciones de ciudadanos inocentes. Pero la consecuencia más peligrosa no estaba solo en el campo marcial; dormía en el mar. El stop mando del Cuerpo de la Custodia Revolucionaria Islámica anunció el suspensión del Severo de Ormuz y advirtió que cualquier embarcación que intente cruzarlo podría ser atacada.

Quien desconozca que por el inflexible de Ormuz transita cerca del 20 por ciento del petróleo comercializado conjuntamente y volúmenes críticos de gas natural licuado podría pensar que se comercio de una amenaza pequeño. No lo es. Es la principal salida energética de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak, Catar e Irán en torno a Asia y Europa. El suspensión efectivo de este inflexible transforma la pelea en un shock energético universal. La mera expectativa de interrupción disparó ya las primas de seguro marino y continúa tensionando los mercados de futuros. Analistas de Reuters y Bloomberg advierten que un sitio sostenido podría disparar el crudo a niveles que recuerden las grandes crisis petroleras. Para economías importadoras netas de energía como la dominicana, el impacto sería inmediato en combustibles, electricidad, transporte y alimentos, presionando la inflación y las cuentas fiscales.

Conveniente a la importancia estratégica de este paso marino, cabría esperar una respuesta naval multinacional para certificar el tránsito, lo que ampliaría el conflicto más allá del eje Washington, Israel-Teherán. Un incidente en Ormuz, como por ejemplo un petrolero corto, una mina activada, un destructor impactado, podría deslizar a potencias con intereses energéticos directos, incluidos actores asiáticos y europeos.

Desde el punto de perspicacia procesal, el suspensión de un inflexible internacional vulnera el principio de independiente navegación, del mismo modo que resulta cuestionable fallar una pelea de esta magnitud y con tales consecuencias económicas globales sin autorización expresa del Congreso de los Estados Unidos. La paradoja es evidente. Washington afirma proceder para equilibrar una amenaza existencial contra Israel mientras Irán replica cerrando la principal arteria energética del planeta como herramienta de presión. Uno y otro movimientos, acullá de estabilizar la región, multiplican el peligro sistémico.

La reconstrucción del proceso decisorio revela que la pelea no fue un arrebato súbito, sino el desenlace de una presión estratégica sostenida, un despliegue marcial anticipado y un incredulidad profundo sobre la diplomacia que, en la oficina Trump, ha terminado funcionando más como mecanismo de chantaje y amedrentamiento que como verdadera vía de opción. La “amenaza inminente” sirvió como argumento manifiesto; la acumulación de fuerzas y la coordinación con Israel demostraron que el curso en torno a la confrontación ya estaba trazado.

Lo que comenzó como una “operación preventiva” contra una nación que por sí sola nunca ha iniciado una pelea contra nadie de sus vecinos puede convertirse en una crisis energética de gravedad universal. La historia demuestra que las guerras justificadas bajo el habla de la inevitabilidad rara vez permanecen contenidas. Cuando ese discurso se transforma en confrontación armada en una región que determina precios y abastecimientos energéticos mundiales, el impacto de esas aventuras militares y demostraciones de fuerza no reconoce fronteras; termina alcanzándonos a todos.

La pregunta no es solo si la amenaza era actual, sino si la osadía de atacar hizo al mundo más seguro. Si la respuesta pasa por un Ensenada Pérsico militarizado y un comercio energético bajo fuego, la prudencia estratégica fue definitivamente reemplazada por la método de la fuerza. Esta método, como tantas veces en el propio ejemplo de los Estados Unidos —Afganistán, Irak, Libia, Siria—, puede terminar costando mucho más de lo que prometía evitar. Como decía el gran Noam Chomsky “la pelea preventiva es el crimen supremo”.

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Julio Santana es economista y analista de temas técnicos, geopolíticos y nacionales. Cuenta con una amplia trayectoria en el sector oficial dominicano y mantiene una voz crítica, independiente y poco complaciente en el estudio de asuntos nacionales e internacionales.


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