Por: Samuel Vidriera
Por fin te escuché, te escuché bajo la aguacero y la incertidumbre fría, mi apreciado Carrao. Así fue, te escuché en la última semana del mes de octubre, ahora lo entiendo, como Carrao te torna visible en otoño. Te escuché porque vivo en Jarabacoa cerca del Brinco de Jimenoa, circunscripción con mucha agua, ríos, arroyos y una flora cargada de humedad, casi como una floresta salvaje.
Para los que no saben, el Carrao es un ave elegante, de color castaño, tiene un pico muy generoso y musculoso que le permite perforar la concha del caracol, su idioma y sus dos patas son largas. Generalmente es nocturna, son difícil de ver. El Carrao existe en parte del continente estadounidense, específicamente en Florida, el Caribe, México, parte de centro América y Sur América. El Carrao habita generalmente en los humedales, cerca de riachuelos, arrozales y en nuestro país se puede encontrar asimismo en bosque seco de elevaciones moderadas donde puede encontrar su comida favorita.
Te escuché Carrao porque era de incertidumbre, aunque no te veo sé que estás ahí. Remembranza al señor Lubrano decirme: “Samuel, ahora el canto del Carrao te molesta, pero un día, sin darte cuenta notarás que el Carrao ya no canta; y precisamente ahí, en ese instante lo extrañará”. Lubrano no se equivocó, ya lo extrañaba. De hecho, estaba asustado, pensé que los Carraos habían emigrado o habían sido exterminados por la especie más destructiva del planeta: ¡Nosotros!
Parece mentira, por más de 56 primaveras no sabía y no había escuchado sobre el Carrao. Un día, caminando en el patio de mi casa vi ese pájaro con plumaje castaño, con pico generoso y moviéndose sigilosamente. Me asusté porque nunca había conocido a esa ave tan única. Llamé a Miguel, un vecino que ha crecido cerca del Brinco de Jimenoa, y con una sonrisa cargada de firmeza me dijo: “ah, esa ave es un Carrao”. Luego escuché lo que se dice del Carrao, que canta de incertidumbre con un gemido musculoso y tétrico que parece opinar “ca-rau, ca-rau” para seducir las lluvias en épocas de sequía y para que paren las inundaciones en el invierno. Esa incertidumbre que lo escuché de nuevo, estaba lloviendo y con amenaza de inundación. Aveces las leyendas y tradiciones emanan de una sinceridad que no puede ser soslayada.
Debemos proteger el Carrao, está en proceso de acabamiento. Hace poco me tropecé con un escrito de Marino Vincho Castillo escrito en el año 2021: “Al voltearme, allí estaba el prisionero. Me miró en forma impresionante; vi en sus luceros una angustia rara que dejaba imaginar una leve esperanza; como si pensara: “Llegó quien me puede excluir”.
Me conmoví y, cuando le explicaba a sus captores, parecía estar oyendo con interés la defensa de su suerte. Sus luceros, acompañados de un temor nervioso de sus alas presas, fortalecieron mi alegato esencial: No, no pueden sacrificarlo. Está protegido por la ley, en prohibición. Suéltenlo, no se puede. Obedientes, así lo hicieron”. Esa imagen me dejó pensativo y con el deseo de proteger a mis vecinos nocturnos, los Carraos.
Cuidemos el Carrao, una especie bella y única en nuestro país. En la hogaño esta ave se encuentra protegida en todo el distrito dominicano por la Ley 64-00 de Medio Entorno y Capital Naturales. Disfrutemos su sonido ingenuo y amistoso; amemos lo que Todopoderoso nos ha creado para nuestro deleite. Cuidemos nuestra flora y la fauna que siempre generan en nosotros un observar de autogobierno y plenitud. Hoy extraño cada día más el canto del Carrao. Tony tenía razón: «Extrañará el canto del Carrao”.





