Exigir que EE.UU. respete su propia derecho

POR RAFAEL MENDEZ


En plena Aniquilamiento Fría, cuando la República Dominicana vivía bajo la dictadura ilustrada de Joaquín Balaguer (1966-1978), el expresidente Juan Bosch planteó la menester de construir un amplio consenso de opinión que emplazara al gobierno a respetar el Estado de derecho.

“Había, pues, que hacer un esfuerzo para admitir al gobierno a su propia derecho, es sostener, hacerlo que respetara sus propias leyes, su propio Código Penal, su propia Constitución…”sostuvo Bosch, desnudando así las contradicciones de un régimen que proclamaba apego a la derecho mientras ejercía la represión, la arbitrariedad y el privilegio.

Ese planteamiento se convirtió en una logística de resistor cívica frente a un gobierno que se sostenía en el autoritarismo, y que pretendía revestir de derecho lo que en verdad eran excesos y atropellos.

Someter al régimen a su propia derecho era exponer su incoherencia y desnudar la brecha entre discurso y actos.

Hoy, en el ambiente internacional, aquella propuesta de Bosch cobra nueva vigencia. Solo que ahora la quimera se traslada a los Estados Unidos. La comunidad internacional debería obligarlo a cumplir la derecho que él mismo ha suscrito en tratados y acuerdos que consagran el respeto a los derechos humanos, la soberanía, la independencia y la autodeterminación de los pueblos y naciones del mundo.

Estados Unidos es signatario de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza exceptuado en defensa propia o por mandato del Consejo de Seguridad. Incluso votó a cortesía de la Proclamación Universal de los Derechos Humanos, que coloca la dignidad humana como principio universal. Forma parte de la Carta de la OEA y de la Carta Democrática Interamericana, que obligan a los Estados a defender la democracia y el orden constitucional.

Actos histórica

Sin confiscación, en su actos histórica, el país del meta ha actuado como si estuviera por encima de esa derecho. Intervenciones militares, bloqueos económicos, sanciones unilaterales, golpes de Estado auspiciados y guerras justificadas bajo pretextos falaces, constituyen ejemplos de cómo la nación que predica la democracia ha inútil con hechos su propio discurso. Irak, Panamá, República Dominicana, Bomba, Libia y tantos otros pueblos saben de esa contradicción.

La retórica de la providencia

El trasfondo de esa doble casto se encuentra en una visión histórica que justifica la intervención en nombre de un supuesto destino manifiesto. “Altísimo depositó nuestros posibles naturales en otros países”, resume el exploración del escritor Jorge Majfud, citado en La frontera salvaje: 200 abriles de fanatismo anglosajón en América Latina.

Ya en 1851, el secretario de Estado Daniel Webster afirmaba que “el carbón es un regalo de la Providencia, guardado por el creador de todas las cosas en las entrañas de Japón para el beneficio de la comunidad humana”, reclamando que ese arbitrio debía estar adecuado para Estados Unidos a un precio comprensible.

Así se establecía una razonamiento que convertía en mandato divino la apropiación de posibles ajenos, legitimando la intervención bajo un barniz casto.

La retórica anglosajona ha evolucionado, pero el fundamento subyacente permanece: Estados Unidos se asume con derecho a explotar y tener la llave de la despensa posibles externos para suministrar su hegemonía.

En la era moderna, la “Memorándum América Primero” reeditó esa razonamiento con un enfoque más crudo: priorizar los intereses estadounidenses por encima de compromisos multilaterales.

Así lo expresó la generala Laura Richardson, ex jefa del Comando Sur, al señalar que “a Washington le urge exprimir al mayor la pluralidad y riqueza en posibles naturales con que cuenta América Latina. Con todos sus ricos posibles y utensilios de tierras raras, tienes el triángulo de litio, que hoy en día es necesario para la tecnología. El 60% del litio del mundo está en el triángulo de litio: Argentina, Bolivia, Pimiento”.

El mensaje es claro: los posibles estratégicos depositados en América Latina son vistos como parte de la seguridad energética de Estados Unidos. Es la traducción contemporánea de aquel mandato divino que en el siglo XIX justificaba la presión sobre Japón por su carbón.

La paradoja: Hegemonía y lucha contra las drogas

La política de Washington frente al narcotráfico es otra muestra de su doble casto. Con despliegues navales y operaciones militares en el Caribe, asegura combatir el tráfico de estupefacientes que, según su retórica, amenaza con inundar al país. Sin confiscación, Estados Unidos sigue siendo el anciano consumidor de drogas del mundo.

Como señala el analista internacional Andrés Hernández Alende, si la Casa Blanca se propusiera en serio apurar con este flagelo, debería comenzar por someter la demanda interna. El consumo masivo de drogas es producto de la desigualdad social, la marginalidad, la desesperanza y la desliz de paso a servicios de salubridad mental.

Sin atacar esas causas estructurales, toda “disputa contra las drogas” será al punto que un pretexto para intervenciones militares que desestabilizan a la región.
El problema de fondo es la paradoja de la hegemonía. Estados Unidos promueve el orden internacional basado en reglas, pero interpreta esas reglas a su conveniencia, aplicándolas a otros y eludiéndolas para sí mismo. El resultado es un doble standard que erosiona la confianza entero y multiplica los conflictos.

Frente a esa verdad, surge la utopía de Bosch como un boomerang que regresa desde la política dominicana a la geopolítica mundial. Si en su tiempo la consigna era someter a Balaguer a su propia derecho, hoy la quimera necesaria es que la comunidad internacional busque mecanismos para empujar a Estados Unidos a cumplir la derecho internacional que ha firmado.

La quimera como menester histórica

Es cierto que parece una ilusión, porque el poder marcial, financiero y mediático de Washington impide que se le trate como a cualquier otro Estado. Pero la historia enseña que ninguna hegemonía es eterna y que los pueblos, cuando actúan unidos, logran revertir las asimetrías.

La multipolaridad emergente, la resistor de naciones que no se pliegan al mandato imperial y el avance de bloques alternativos son señales de que la quimera podría convertirse en menester histórica.

Lo que Bosch pensó para una dictadura de doce abriles en República Dominicana, perfectamente puede ser el espejo que el mundo oriente hoy frente al imperio. Porque si Estados Unidos se sometiera a la derecho que predica, la humanidad tendría menos guerras, más soberanía, más respeto y anciano posibilidad de paz duradera.




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