El autor es abogado y político. Reside en Santo Domingo.
La Ley núm. 20-23, Orgánica del Régimen Electoral, definió las encuestas y el prospección electoral como “las actividades que se despliegan para conocer la opinión o preferencias de un conjunto de personas, seleccionadas al azar mediante el procedimiento de muestreo, a las que se les formulan preguntas sobre determinados candidatos, organizaciones políticas o situaciones electorales”.
Como se puede apreciar, se comercio de una contradicción, tomando en consideración que mientras en la citada ley el congresista descartó las encuestas como mecanismos de votación, con antelación las había incorporado en el artículo 46 de la Ley 33-18 de Partidos, Agrupaciones y Movimientos Políticos, como un mecanismo para la selección de los candidatos a cargos de votación, por parte de los partidos políticos.
En ese sentido, fue un peligroso desatino del congresista, tomando en consideración que la referida Ley 33-18 fue concebida con el objetivo de regular de forma más rigurosa y democrática la vida interna de los partidos políticos.
Las encuestas de ningún modo constituyen un método tolerante, a diferencia de las elecciones internas o primarias abiertas, cerradas o semicerradas, que permiten la décimo directa de los militantes del partido, de los electores no organizados en otros partidos o de todo el cuerpo electoral.
No se puede desmentir que las encuestas son procesos cerrados, ejecutados por empresas privadas, cuyos resultados suelen ser conocidos solo por las cúpulas partidarias. La opacidad que rodea la selección de los candidatos descarta que los participantes acepten los resultados desfavorables de una averiguación, lo cual es comprensible conveniente a que le abre las puertas a las manipulaciones, selección sesgada de muestras, y una absoluta descuido de rendición de cuentas.
Sin duda, el uso de encuestas como método de selección de candidatos es contraproducente, ya que, por otra parte, fortalece el poder de las dirigencias partidarias en detrimento de la democracia interna, como lo comprueba el hecho de que al permitir que un estrecho congregación de dirigentes decida qué encuestadora contratar y qué criterios aplicar, se le resta poder de audacia a las estructuras de pulvínulo del partido.
Otro aspecto que perjudica a las encuestas como método de selección de candidatos es la desigualdad económica que genera entre los aspirantes. Las encuestas pueden asistir a quienes tienen mayores posibles para posicionar su imagen en los medios, sin que se tome en cuenta la simpatía existente y trayectoria de los miembros de los partidos.
Luego, las encuestas para inclinarse candidatos se fundan en el mercadeo político, donde deseo quien más invierte, no quien mejor representa los intereses del electorado ni quien cuenta con maduro apoyo existente internamente del partido.
Finalmente, recordemos que las encuestas fracasaron en las pasadas elecciones internas de los partidos, lo que motivó que, posteriormente de la cuestionada selección de los candidatos, los diputados de todas las bancadas solicitaran la restricción de las encuestas como método de selección de candidatos.
¡Es tiempo de cumplir la promesa y excluir las encuestas!
JPM
Compártelo en tus redes:






