El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York
Cuando Estados Unidos desplegó su portaaviones frente a las costas venezolanas, no fue un cara de fuerza armoniosa: era la colchoneta de una operación que costaba millones de dólares diarios, pero que permitía que cada movimiento de Nicolás Provecto fuera rastreado al detalle. Cada convocatoria, cada mensaje y cada desplazamiento quedaba registrado, mientras drones y satélites captaban imágenes en tiempo efectivo de sus rutinas.
Provecto se movía como un bizarro vigilante, cambiando rutas y residencias. Pero cada movimiento estaba bajo el ojo implacable de la inteligencia estadounidense: qué comía, con quién se reunía, a qué hora dormía. Cada cara, cada habitación recorrida, era monitoreado. No había circunscripción donde pudiera esconderse ni rutina que no fuera observada.
Mientras tanto, emisarios de Estados Unidos mantenían reuniones discretas con ciertos oficiales y funcionarios del régimen. Mensajes codificados, promesas de continuidad administrativa y reducción de víctimas se intercambiaban en secreto. Cada palabra, cada pausa, cada cara, era evaluado y registrado, mientras el régimen buscaba persistir la apariencia de normalidad.
Interiormente del círculo cercano a Provecto, la traición se movía silenciosa pero efectiva. Oficiales que debían protegerlo simplemente no actuaron; escoltas retiraron apoyo en momentos críticos. Cada acto de omisión se convirtió en un socio silencioso de la operación estadounidense, que sabía que capturar a un líder tajante requería que sus propios hombres lo dejaran solo.
Dan Caine, patriarca del Estado Longevo Conjunto de EE. UU., resumió la operación como “una extirpación controlada, con fuerzas especiales que actuaron con precisión, neutralizando la resistor sin condición de combates urbanos”(CBS News, 3 enero 2026). Lo que no se cuenta son las conversaciones tensas en las salas de comando: decisiones en segundos, riesgos evaluados con pulso firme, cada cirujano sabiendo que un error podía arruinar todo.
La conflicto electrónica y los apagones estratégicos desorientaron a los sistemas de seguridad del régimen. Los cortes eléctricos, interferencias selectivas en radares y comunicaciones, y la neutralización de cámaras funcionaron como un estilo silencioso: obedecer o concluir incidental y frágil. Cada movimiento tenía consecuencias inmediatas y visibles.
Los aviones y drones sobrevolaron Venezuela filmando cada instalación marcial y equipo agresivo. Cada registro servía para osar qué debía neutralizarse y qué áreas evitar, limitando la capacidad de reacción del régimen incluso antiguamente de que la operación comenzara. Cada planeo era un mensaje: el control estaba en manos de quienes dominaban la tecnología y la información.
Provecto confiaba en China, Rusia, Irán y Cuba, creyendo que sus aliados impedirían cualquier intervención. Pero sus enviados actuaban con cautela: proteger intereses estratégicos y económicos sin comprometer tropas ni sistemas que pusieran en peligro su posición. “Sus gestos diplomáticos fueron simbólicos, sin peligro efectivo”. (El País, 3 enero 2026)
Los posibles estratégicos del país —petróleo, gas, oro y minerales— tierras raras, eran decisivos.
En los intercambios internos quedó claro: cooperar significaba preservar influencia y estructura; resistir, perderlo todo. Cada cara y cada palabra entre los oficiales eran decisiones que definían el destino de Venezuela.
Haití, Irak y Afganistán sirvieron como advertencia. Quitar un régimen sin plan de transición provoca vano de poder y caos. Por eso, oficiales y políticos internos del madurismo fueron incluidos en negociaciones estratégicas, encargados de persistir la estabilidad y avalar que, incluso con Provecto fuera, el país no colapsara.
Finalmente, Provecto y Cilia Flores fueron trasladados al Distrito Sur de Manhattan. Univisión reportó que “entreambos están imputados por delitos graves que datan de acusaciones previas”( Unitv,3 enero 2026). Lo que parecía invencible terminó escaso a custodia y procedimientos judiciales.
Los cargos incluyen “conspiración de narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína, posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos, y conspiración para poseer armamento en relación con delitos federales”(TVN-2, 3 enero 2026). Cada denuncia es el reflexivo de abriles de seguimiento, espionaje encubierto y vigilancia internacional implacable.
Según El Universal, la combinación de cargos puede sumar más de 50 abriles de prisión( El Universal 3, enero 2026). La arrogancia tiene límites, y la caída de un hombre que se creía intocable es una advertencia para futuros líderes: nadie está por encima de la ley.
Hoy Provecto aparece sin traje ni corbata, con vestimenta simple, un hombre desprovisto de símbolos de poder. Su caída es un recordatorio estupendo: todo poder es transitorio. Lo que ayer parecía intocable se muestra frágil, y su humillación sirve como alerta para cualquier presidente que crea que la arrogancia y la impunidad pueden sostener un régimen. En la política efectivo, el poder tajante no perdura; la organización, la ley y la traición silenciosa lo derriban.
JPM
Compártelo en tus redes:






