EL AUTOR es Master en Dirección y Políticas Públicas. Reside en Santo Domingo
La República Dominicana, contiguo a las islas hermanas de Puerto Rico, Cuba y Jamaica, se encuentra en la ruta constante de los huracanes y tormentas que azotan el Caribe.
Somos parte de un corredor natural donde el derrota y el agua libran cada año su batalla sobre nuestras costas.
Por ello, resulta impostergable vigorizar un sistema de alerta temprana que permita disminuir el impacto de estos desastres, especialmente en las zonas más vulnerables: comunidades asentadas a orillas de ríos, cañadas y lugares donde las viviendas se amontonan sin drenajes pluviales ni planificación urbana.
Estar preparados para los fenómenos naturales —ciclones, tormentas y huracanes— son fuerzas violentas desatadas que arrasan con todo a su paso: dejan tras de sí un rastra de inundaciones, pérdidas humanas y daños materiales que demandan grandes fortuna del Estado y del sector privado.
Frente a esta existencia, urge promover políticas públicas sostenibles: mejorar los drenajes de las ciudades, impedir construcciones en zonas de stop peligro, lustrar periódicamente alcantarillas y cañadas, y surtir una política de reforestación continua en montañas y bosques.
Las consecuencias de la inacción son siempre catastróficas. Cuando no se toman medidas preventivas, los ríos se desbordan, las calles se convierten en corrientes violentas, y las vidas humanas se diluyen en medio del agua y la desesperación.
Las imágenes se repiten: vehículos arrastrados, hogares sumergidos, familias enteras perdiendo lo poco que tenían, y miles de damnificados esperando la mano solidaria del Estado.
Tras el paso de estos fenómenos, quedan historias de dolor: familias sin hogar, sin ropa, sin sustento; tierras arrasadas donde antaño germinaban los alimentos, animales muertos, cosechas perdidas. De ahí la carencia de impulsar campañas permanentes de educación ciudadana, para que la población conozca cómo desempeñarse, cómo ampararse y cómo cuidar su entorno.
Cada ciudadano debe hacerse cargo su parte. No tirar basura en las calles ni en los ríos, porque la basura que hoy se venablo despreocupadamente es la misma que mañana bloquea los drenajes y convierte una tempestad pasajera en una inundación.
En las zonas montañosas, no talar los árboles ni encender fuegos, pues cada árbol derribado es una defensa menos contra la deterioro y el desbordamiento de los ríos.
Las instituciones meteorológicas brindan avisos y alertas; conocerlos puede marcar la diferencia entre la vida y la tragedia.
En caso de emergencia, si no se tiene un descendiente o amigo que brinde refugio, se debe presentarse a los albergues y prepararse con agua, alimentos y medicamentos esenciales. La prevención comienza por la información y el sentido popular.
Somos parte del Caribe (islas pequeñas con fortuna limitados), pero cargamos con una gran responsabilidad: cuidar la tierra que nos sostiene. Los gobiernos deben aplicar políticas públicas efectivas a mediano y holgado plazo, que garanticen la protección de nuestros ecosistemas y el bienestar de las generaciones futuras.
Construir un futuro mejor es tarea de todos. Seamos conscientes de que proteger la naturaleza es proteger la vida, porque solo quien respeta la tierra puede esperar que la tierra le perdone.
Parece que en Republica Dominicana estamos aprendiendo a cuidarnos de estos fenomenos de la naturaleza, que cada epoca nos amenazan y con la prevision nos defendemos.
de-soy
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