Nunca antaño la humanidad había estado tan conectada… y nunca antaño había estado tan sola.
Hoy podemos dialogar en segundos con cualquiera al otro flanco del planeta, ver su vida, sus fotos, sus pensamientos, sus emociones en tiempo efectivo. Tenemos miles de seguidores, grupos, comunidades virtuales, notificaciones constantes… y sin secuestro cada vez más personas sienten que no pertenecen a ningún extensión.
Por eso fenómenos como el de los llamados Therian no deben analizarse con engaño, porque en efectividad no hablan de animales…Hablan de nosotros.
Es profundamente simbólico que, en el momento de veterano conexión tecnológica de la historia, haya jóvenes que sientan que para poder relacionarse necesitan dejar de ser humanos.
No porque crean fielmente que lo son, sino porque sienten que siendo ellos mismos no logran ser aceptados.
Esa es la verdadera inquietud. Estamos criando generaciones que no temen mostrarse en presencia de una cámara, pero sí en presencia de una persona.
Que pueden conversar horas por chat, pero no sostener una conversación cara a cara. Que tienen comunidad digital… pero no tribu efectivo y cuando el ser humano no encuentra pertenencia, la inventa.
Ayer eran las pandillas, luego las tribus urbanas, posteriormente los foros anónimos. Hoy son identidades virtuales que poco a poco comienzan a invadir la efectividad física.
No es un problema de disfraces. Es un problema de vano.
La paradoja es extraordinario: hemos construido una sociedad donde todo el mundo puede expresarse… pero pocos se sienten escuchados.
Donde todos pueden mostrarse… pero casi nadie se siente gastado.
Donde abundan los contactos… y escasean los vínculos.
La tecnología resolvió la comunicación, pero no resolvió la soledad.
Y el ser humano no puede proceder sin pertenecer. Cuando no encuentra éxito en su clan, en su escuela o en su entorno social, la buscará donde sea, incluso en comunidades que sustituyen su identidad.
Por eso este aberración no es una moda rara ni una simple extravagancia vivaz. Es un representación cultural.
Nos deje de hogares donde se conversa menos, de amigos que ya no se visitan, de infancia sin equipo colectivo, de adolescentes criados más por pantallas que por adultos.
Tal vez el problema no es que algunos jóvenes estén intentando ser otra cosa.Tal vez el problema es que nuestra sociedad dejó de ofrecerles razones para querer ser lo que son.
Porque al final, ninguna red social puede sustituir una conversación efectivo, ningún cambio sustituye un arrechucho y ningún cálculo puede reemplazar la sensación más básica que necesita un ser humano:
distinguir que pertenece.
Y cuando una procreación necesita una máscara para sentirse aceptada, la pregunta no es qué les está pasando a ellos. La pregunta es qué nos está pasando a nosotros.
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