Las pantallas consumen gran parte de nuestros días. Cada examen se dirige al brillo de un celular y nuestros pensamientos se detienen en presencia de contenidos que arrancan risas y nos empujan a un mundo ilusorio, aparentemente consumado y más deseable que el nuestro.
Comentamos con interés asombroso sobre vidas que no son nuestras y de masa que ni sabe que existimos. Viajamos a lugares que solo existen en un píxel y nos creemos protagonistas de historias que, al final, solo nos distraen.
Y mientras deslizamos el dedo índice sin pausar, el mundo vivo sigue girando sin que escasamente lo notemos, porque los problemas que requieren atención y posibilidad no desaparecen con nuestra distracción.
Los embarazos adolescentes no se resuelven con un “like” ni se atenúan con un filtro de belleza. El consumo y saldo de drogas siquiera.
Nuestros jóvenes se enfrentan a la errata de oportunidades, a la violencia, a la desesperanza, y nos encontramos ausentes, porque nuestro tiempo se reparte entre memes, videos virales y notificaciones que prometen diversión y nos entregan diversión.
Ese mundo enajenante nos enreda, nos hace creer que estamos conectados, cuando en verdad nos desconecta de lo que verdaderamente importa. La vida exige presencia, exige argumento, exige compromiso.
Los fanales pegados a un teléfono no ven la desesperación del vecino porque no tiene qué poner en la mesa a sus hijos. O la angustia de un adolescente atrapado por la incertidumbre, dudas y temores tan propios de su etapa ni la carencia urgente de quien clama atención y plano.
No sugiero ceder la tecnología ni demonizarla. Pero estoy firmemente convencido de que el mundo vivo no aplazamiento a que terminen los videos virales para pedir ayuda, para exigir soluciones y para demandar nuestro esfuerzo. La vida, con todas sus imperfecciones, reclama que despertemos de nuestra distracción.
![]()
Relacionado






