Gracias a la firma de un decreto que impone aranceles adicionales a varias decenas de países, Donald Trump se proclama vencedor de una supresión comercial que él mismo ha desencadenado. Pero detrás de esta demostración de fuerza, los bienes reales deben matizarse, especialmente para los propios estadounidenses.
Donald Trump ha vuelto a dar un leñazo robusto. El 1° de agosto, el presidente estadounidense firmó un decreto que impone nuevos aranceles aduaneros a las exportaciones de decenas de países a Estados Unidos. Entre los más afectados se encuentran la Unión Europea y Japón, con un recargo del 15 %, Canadá, con un 35 %, e incluso hasta un 39 % para Suiza. Esta triunfo se ha estado preparando desde el pasado mes de enero, cuando Trump mencionó aumentos de los aranceles de hasta el 60 %.
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Una táctica de fuerza asumida: amenazar con dureza para obtener un acuerdo y, sobre todo, en beneficio de Estados Unidos. El resultado: los principales socios comerciales cedieron y firmaron compromisos económicos masivos, como 750.000 millones de dólares en compras de hidrocarburos por parte de la Unión Europea o pedidos militares japoneses.
Mercados tranquilos, aliados resignados
A pesar de la llamativo brutalidad de este anuncio, los mercados han reaccionado adecuadamente. En Tokio, la bolsa se ha mantenido estable. Esto indica que estos nuevos aranceles se han acogido como un mal último, un compromiso aceptable frente a lo que podría ocurrir sido una supresión comercial abierta.
Y eso es incluso lo que reivindica la Casa Blanca: “reestructurar el comercio mundial en beneficio de los trabajadores estadounidense”. Pero más allá de la comunicación política, esta nueva situación debilita de forma duradera los equilibrios comerciales internacionales y consagra un libramiento con destino a un proteccionismo asumido por Washington.
¿Una triunfo económica engañosa?
A corto plazo, estos aranceles aduaneros representan una importante fuente de ingresos fiscales para Estados Unidos. Llenan las arcas del Estado y refuerzan la imagen de un presidente defensor de los intereses nacionales. Pero a medio y amplio plazo, el panorama se oscurece. Los estudios muestran que los consumidores estadounidenses pagarán la relación: los productos importados se encarecerán automáticamente, alimentando una inflación ya de por sí tensa.
Contrariamente a lo que afirma Trump, no son los exportadores extranjeros quienes pagan, sino los hogares estadounidenses, que verán aumentar sus gastos. Los economistas ya hablan de un posible emoción boomerang, tanto en la inflación como en el crecimiento. La triunfo que se celebra hoy podría convertirse, en unos meses, en un revés crematístico.






