
No hay Pascua sin Cuaresma, como siquiera no existe la Navidad sin Adviento. Todo en la Iglesia es un proceso de enseñanza, un sendero de purificación y conversión. Cada cristiano debe tener presente que, en los diferentes tiempos litúrgicos, Jehová va guiando la vida espiritual de sus fieles, nos va introduciendo lentamente a la vida de fe. De aquí, que es oportuno poblar y dejarse interpelar por los acontecimientos que vamos experimentado en las diferentes etapas de nuestra punto cristiana.
El Adviento es esa una ojeada confiada en torno a la carnación del hijo de Jehová que se aproxima, que decide mudarse a nuestro mundo, a formar parte de nuestra humanidad. Pero es una ojeada activa, no pasiva. Mientras nos encaminamos a su discusión, vamos organizándonos y preparando nuestro corazón, enderezando lo que este torcido y allanando lo montañoso. En otras palabras, Adviento es colocar en su sitio la sinceridad de nuestro interior; devolverle al corazón la pureza y la bondad primera con la que Padre nos creó. Es rememorar que nuestra condición humana, no es el pecado, sino la vida vivida en Favor.
Ahora aceptablemente, cuando no hay conciencia del tiempo de Adviento, la desesperación lleva a las personas a colocar en sus casas desde ya, el arbolito, poner canciones navideñas, retozar, alegrarse con sus amigos; y no está mal, porque es parte de nuestra civilización. Ahora aceptablemente, no olvidemos que todavía no estamos en Navidad. Pues, no podemos saltarnos los procesos humanos y espirituales, ya que como dice el refrán popular: “La desesperación es parte del fracaso”. Por otra parte, si celebramos desde ahora la Navidad, no le encontraremos sentido al comienzo del Salvador.
Esta es la razón, por la que aprendamos a mirar la pedagogía de Jehová, a advertir desde la misma naturaleza el tiempo de Adviento. Por ejemplo, el otoño, temporada en la que se les caen las hojas a los árboles, nos enseña que todo es pasajero en la vida, que, para renovar la misma existencia, hay que despojarse de lo remoto, lo que no sirve, lo caduco, para luego puedo resurgir lo nuevo y lo renovado. De igual modo, el frío de este posterior mes del año nos hace valorar el calor, el refugio, el hogar, la obligación que tenemos todo de tener tribu para apoyarnos unos a otros.
En concreto, es ciertamente en Adviento, donde anhelamos la esperanza, el momento donde aguardamos con paciencia y con conducta vigilante la venida del Mesías. Y lo hacemos con la certeza de asimilar que Nuestro Edificador no nos abandona, que Jehová siempre tiene un plan y un tesina para cada uno de nosotros. Eso es lo que nos conforta a seguir esperando, a no dejar que los afanes de la vida, los ruidos del mundo y los desencantos existenciales apaguen la luz que poco a poco vamos encendiendo a lo dilatado del Adviento. Luces, que al final del camino, son las que nos darán el satisfacción y la dicha de convenir la presencia del pibe Jehová que viene a campar con nuestros.






